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viernes, 3 de abril de 2026

Ejercicios espirituales / Autobiografía de San Ignacio de Loyola / Cartas esenciales

Título: Exercitia Spiritualia.
Autor: Ignacio de Loyola (San).
Editor: Ignacio de Loyola [autoedición].
Año de publicación: 1548 (1ª edición).
Género: Teología; Religión; Manual.
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Título: Ejercicios espirituales [o Directorios de ejercicios].
Autor: Ignacio de Loyola (San).
Editor: Alfonso Cornejo Cruz.
Año de publicación: 2025 (1ª edición; edición, prólogo y notas de Alfonso Cornejo Cruz).
Género: Teología; Religión; Manual.
ISBN: 979-8267730242
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Título: Autobiografía de San Ignacio de Loyola [título actual, original sin título formal].
Autor: Ignacio de Loyola (San).
Editor: Luis Gonçalves da Câmara (publicación 1553-1555); Monte Carmelo (edición 2004).
Año de publicación: 1553-1555 (1ª publicación original); 2004 (1ª edición  editorial Monte Carmelo).
Colección: Ediciones Populares.
Nº de volumen en la colección: [No localizado].
Género: Autobiografía; Memorias; Religión.
ISBN: 978-84-72398924
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Título: Cartas esenciales [o Cartas e instrucciones].
Autor: Ignacio de Loyola (San).
Editor: Manuel Ruiz Jurado, SJ.
Año de publicación: 2021 (1ª edición; introducción de Manuel Ruiz Jurado); [escritas entre 1524 y 1556 y hechas públicas en el siglo XVII].
Género: Epistolar; Teología; Religión.
ISBN: 978-84-27140080
 
 
Entre los autores de temática religiosa relacionados con Alcalá de Henares está Ignacio de Loyola (1491-1556), hecho santo en marzo de 1622 en el mismo acto en el que, junto a Isidro Labrador, Felipe Neri y Francisco Javier, se santificó a otra persona que se considera autora relacionada con Alcalá, Teresa de Jesús. Su vida inicialmente era una vida no advocada a la religión. Era de la baja nobleza, un gentilhombre al servicio del Virrey de Navarra como militar. Recordemos que Navarra fue el último reino que incorporó el Reino Hispánico a su territorio, y lo hizo mediante invasión y guerra en 1512, aún a pesar de que décadas más tarde hubiera cronistas navarros que reescribieran los sucesos para presentar al Reino de Navarra como un reino totalmente proclive a ser parte del Reino Hispánico, posteriormente conocido como España. Como sea, quedaron focos de resistencia en 1512 que buscaron alianzas con Francia, lo que provocó que se iniciara una breve sublevación armada que llevó a la Batalla de Pamplona en 1521. En esa batalla combatió Ignacio de Loyola a favor del Reino Hispánico y cayó herido con relativa gravedad en una pierna. Tuvo que ser hospitalizado y guardar cama varios meses, así como, cuando ya pudo levantarse y andar, pasar un tiempo en el lugar de su internamiento para lo que hoy llamaríamos tener una recuperación de la movilidad. Si atendemos a su propia autobiografía leemos que le tuvieron que quitar varios trozos de carne que había quedado inútil y coserle por varios lugares, lo que hizo que caminara mal sobre esa pierna. O en otras palabras, quedó cojo o con una cojera que, esto no se dice, no sabemos si pudo corregir o mitigar posteriormente. Era un gran aficionado a la lectura, en concreto, según cuenta él mismo de sí mismo, era un lector habitual de novelas de caballería, siendo su preferida Amadis de Gaula (1508), de Garci Rodríguez de Montalvo, hoy día sabemos que esa novela debió ser todo un éxito popular en el siglo XVI. En vista de su prolongada convalecencia, especialmente el tiempo que guardó cama, alejado de su actividad militar, solicitó a las personas del establecimiento sanitario, al cargo de religiosos, libros de ese género. Allí no sólo no tenían ese tipo de libros, si no que tampoco tenían cualquier tipo de libro que no fuera religioso, y dentro de los religiosos no tenían tampoco los de poesía religiosa. Así pues sólo le proporcionaron la Biblia y libros teológicos escritos por santos. 
 
No acostumbrado a este tipo de lecturas, aún a pesar de ser católico, fue descubriendo la palabra de Dios y sus interpretaciones desde el catolicismo en ese momento, sólo que su convalecencia le hizo interiorizar y tener largas horas de meditación y reflexión sobre sus lecturas, el mensaje, su vida, sus pecados y lo que le había pasado en el campo de batalla, llegando a diversas conclusiones que le iniciaron en una vida devota y le hicieron sentir que Dios le había permitido seguir con vida en la guerra por alguna razón y le había colocado en aquel lugar con aquellos libros por algo. Debía, por ello, darle gracias con un peregrinaje a Jerusalén en cuando pudiera. Hecho común en varias biografías cristianas de la Edad Media, no tan común en la Edad Moderna por el mero hecho de estar Jerusalén en territorio del Imperio Turco Otomano, y que es de señalar tiene cierto paralelismo con el peregrinaje a La Meca de los musulmanes al menos una vez en la vida. Podríamos pensar que sin instrucción teológica, siendo autodidacta durante su periodo hospitalario simplemente por lecturas sin guía y con su propia meditación, con una trayectoria militar mundana y lecturas de libros de caballería, imbuido posiblemente en el mundo de las ideas, tópicos y concepciones de la sociedad civil común y corriente de su época, pudo tener una mezcla de ideas peculiar y muy personal sobre lo que él entendió leer. En su propia autobiografía indica que intentando ir por primera vez a Jerusalén tras salir de su convalecencia, camino de Barcelona en una mula, hizo parte del tramo con un musulmán con el que habló de religión. El musulmán aceptó la virginidad de la Virgen María a la hora de concebir a JesuCristo, pero razonó desde argumentos de biología femenina que esa virginidad habría desaparecido en el momento del parto. Según indica Ignacio de Loyola la conversación se volvió tensa porque aquello le molestó y el musulmán decidió adelantar camino hacia una villa donde iba a dormir. Alejado de él, Ignacio reflexionó si ir tras él y matarle a puñaladas por lo que había dicho de la Virgen. Como le parecía que quizá eso no cuadraba con lo que había leído, pero le debía chocar en cuanto a lo que era su vida y los conceptos de la época, incluso las ideas de la novelas de caballería, lo dejó en manos de Dios dejando suelta a su mula y realizar el asesinato por la Virgen si está seguía el camino del musulmán, y no hacerlo si giraba a otro camino. La mula giró a otro camino, y a partir de ahí consideró de nuevo las ideas cristianas leídas. Resumiendo sus ires y venires en Cataluña, su decisión de tener una vida religiosa, producida en ese momento, le hizo conocer a una serie de personas que viéndole actuar en un intento de ser religioso, pero sin cuadrar sus actos con la vida religiosa, le recomendaron ir a Alcalá de Henares a estudiar para ordenarse religiosamente y para poner en orden sus ideas. Entre las cosas que había hecho en ese momento creyendo ser correctas estaban cuestiones como no lavarse el pelo ni peinarlo, no cortarse las uñas, no alimentarse durante días, no beber e incluso tirarse a un agujero para dejarse morir con la idea de ver a Dios, ideas que un sacerdote le quitó de la cabeza y que le hizo ver que el suicidio era contrario a las enseñanzas de Dios. Pero eran ideas que él en su autobiografía no hizo autocrítica, las justificó como inspiraciones que le dio el Espíritu Santo. Es más, serán el punto de partida de lo que luego desarrollaría como ejercicios espirituales, aunque en estos no recomienda estas cosas. Sea como sea, fue a Alcalá de Henares para estudiar teología en su Universidad fundada alrededor de unos veinticinco años antes, redondeando cifra, pues se fundó en 1499.

Residió como estudiante de 1524 a 1527, en lo que fueron más o menos cuatro años. Primero residió en el Hospicio de Santa María la Rica, que a la vez era hospital de pobres, y desde 1526 en el Hospital de Antezana, que él nombra en su autobiografía como hospital nuevo, en la Calle Mayor. De su devoción religiosa le atraía la ayuda hospitalaria al necesitado, quizá influencia de su experiencia convaleciente de 1521. Pero también le atraía ayudar a los necesitados económicos, los pobres de extrema necesidad, mediante la limosna. No está muy claro en qué modo aprovechó sus estudios alcalaínos, ni siquiera él hace referencia a sus clases, ni a libros que lea, ni a autores. Hay quien piensa que incluso pudo dejarlos a medias o que los tenía medio abandonados porque se dedicó cada vez mayor cantidad de tiempo a cuidar a los necesitados en el hospital, tanto los necesitados por salud, como los necesitados por pobreza. Fuera como fuera, lo que sí sabemos es que él profundiza en una interpretación personal del cristianismo según las cosas que leía, muy al margen de lo que la Iglesia, como institución, estaba marcando como rumbo a los sacerdotes para contrarrestar a los reformistas que llevarían al protestantismo en buena parte de Europa en esos momentos. En una cosa coincide Ignacio de Loyola con la Iglesia como institución a esas alturas del siglo XVI, un deseo de contrarrestar en España la corriente iniciada por Erasmo de Rotterdam, el cual no fue excomulgado como protestante dentro de la Iglesia católica por presiones de los Reyes Católicos, Isabel I y Fernando V, unas décadas antes. Además Cisneros, ya difunto pero fundador de la Universidad de Alcalá, sí se había fijado en Erasmo y buena parte de la Universidad era erasmista, incluida la Biblia Políglota. Hemos de creer que posiblemente Ignacio de Loyola chocara en su concepción personal del cristianismo con las interpretaciones teológicas emitidas en las clases magistrales. 

Cambió sus vestiduras por unas sayas pobres que tintó de un color que creyó oportuno con razonamiento teológico. Practicó la limosna entregando todo tipo de ganancias materiales y pidiendo a las personas pudientes y no tan pudientes, dinero para dar a los pobres, hasta el punto que en una ocasión, según narró él, encontró a una persona que por posición social debía ser pudiente y encontró que no tenía dinero que dar, que literalmente tenía lo justo para él, por lo que le pidió que entregara parte de los enseres que guardaba en un arcón... y logró que lo hiciera. Solía denunciar en voz alta a los que creía que no vivían de una manera cristiana. En una ocasión una madre y su hija que solían ir siempre a ser atendidas por él le declararon querer irse por España a ayudar a los desfavorecidos, a lo que él las desincentivó alegando que la hija era muy joven y bella y eso podía ser contraproducente cuando se acercaran a los desfavorecidos varones. Otra cuestión que se produjo fue que todas las mañanas venía a verle una mujer muy al amanecer acompañada de dos personas con hachones encendidos para iluminarse por la Calle Mayor. Esto fue lo que colmó la paciencia de los inquisidores, pues sin saber el porqué ocurría esto elucubraron cosas contrarias a esa dignidad sacerdotal a la que aspiraba y a una limpieza pura en costumbres cristianas. Informados en Toledo de todo esto, sumaron un excesivo fervor religioso que empezaba a tener seguidores y que a veces podía incluso ser atentatorio contra las recaudaciones de impuestos religiosos. Además, Ignacio de Loyola decía estar directamente inspirado por el Espíritu Santo, que le revelaba dentro de su cabeza cómo debía actuar y le guiaba en su obra. A  veces rezaba siete horas seguidas y cometía ayunos al margen de lo que la Iglesia pudiera opinar de los mismos. Fue mandado apresar y pasó a las prisiones de la Inquisición. 

En un proceso en el que intervinieron teólogos de la Universidad de Salamanca, y trasladado allí, insistió en que sus actos eran guiados por el Espíritu Santo, alegó que la mujer aquella venía a confesarse a él, por lo que no podía revelar nada. Se le acusó a él y a sus seguidores de posibles iluministas, o sea, ser de una corriente hereje. De actuar bajo una interpretación personal del cristianismo. Alegó que nada de lo que hizo lo hizo en contra de las Escrituras y pidió que se contrastase, para lo cual lo puso todo por escrito. Hecho esto, al final los inquisidores confirmaron que nada de lo que hicieron él y sus seguidores contradecían lo que directamente se decía en la Biblia y les dejaron libres, si bien se les pidió dejar de vestir con sayas. Y se recomendó en concreto a Ignacio de Loyola que estudiara teología, lo que nos hace entender que si bien habría estudiado, no había seguido el camino que los estudios marcaban. Si pudo estudiar algo en Salamanca, cosa posible dado que era un lector ávido, lo cierto es que decidió irse a completar sus estudios a París. Podríamos pensar que se vio en la necesidad de salir del Reino Hispánico, fuese una necesidad con razones o sin ellas. 

Sea como sea, sin profundizar más en su biografía, los hechos a partir de aquí nos muestran a un Ignacio de Loyola que termina de formarse teológicamente, que regresa a España, que acumula seguidores con su interpretación personal del cristianismo y cómo debía ser como sacerdote, y que decide ir a Barcelona para poder peregrinar a Jerusalén, ahora sí... Pero volvió a ser un ahora no, pues seguía siendo territorio del Imperio Turco Otomano, enfrentado a los reinos cristianos. Así que se fue a Italia para ponerse al servicio del Papa como, lo que él llamó, soldado de Dios o de lo que el Papa estimase. Llama la atención en esto que prefiere estar directamente a las órdenes del Papa como poder temporal y espiritual, abandonando al Rey de España como poder temporal. El Papa le aceptó, pero le conmina a fundar su propia orden religiosa y así lo hace. Ahí comienza la orden jesuita, en Roma, pero es en Alcalá de Henares, lugar donde comenzó a dar forma a sus ideales cristianos, donde decide fundar el primer colegio jesuita, en 1546. En él se formaran y estudiarán numerosas personas con los ideales jesuitas.

De su etapa alcalaína podríamos citar tres obras escritas. Una de ellas no era un libro, pero con el paso del tiempo terminaría siendo un libro, se trata de sus numerosas cartas e instrucciones religiosas a personas muy variadas entre 1524 y 1556. Hoy día se publican compiladas como Cartas esenciales. Se fueron haciendo públicas en el siglo XVII, especialmente tras ser canonizado Evidentemente las cartas de 1524 a 1527 tienen conexión directa con Alcalá de Henares, pues aquí vivía. 
 
Otro libro, donde directamente cita todo lo relacionado con él y Alcalá de Henares es su propia Autobiografía. La escribió en dos momentos diferentes de su vida. Una primera mitad estaba en español y una segunda mitad estaba en italiano. Parecen unas memorias personales, tintadas de justificaciones a modo de manual a futuros lectores para guiarles en su vida personal camino de Dios. Fueron compiladas y traducidas a un mismo idioma por el sacerdote portugués Luis Gonçalves da Câmara entre 1553 y 1555, los últimos años de la vida de Ignacio de Loyola (murió en 1556). Fueron publicadas por él con la idea de dar esa ejemplaridad, pero también de poder explicar, justificar, su vida y su revolución en la Iglesia católica. Incluido su carácter misionero de evangelizar al prójimo y, muy evidentemente, su carácter intelectual y el porqué. 

Pero es la obra escrita más importante de Ignacio de Loyola la que tiene una raíz inicialmente alcalaína, pero no nombra Alcalá de Henares. Se trata de Ejercicios Espirituales, que escribió para su publicación y publicó en 1548, un año después de la fundación del primer colegio jesuita, como hemos dicho: en Alcalá de Henares. Por un lado podía servir como libro de texto para formar a los nuevos jesuitas en ese colegio y los siguientes que se fundasen. Un aporte más a la teología con su punto de vista, que era el de su orden religiosa. Pero por otro lado en realidad era poner por escrito para publicación los ejercicios espirituales que él mismo había ideado y puesto en práctica desde su conversión devota a partir de 1521, la cual perfeccionó y comenzó a poner en práctica diaria, así como comenzó a instruir en ella a sus seguidores, desde su llegada a Alcalá en 1524. Son los mismos ejercicios espirituales que en parte le pusieron en problemas acusado de iluminista por la Inquisición. Pero probablemente aún más perfeccionados y ajustados a la teología tras completar estudios en París y tras una vida de dedicación y puesta al servicio del Papa. Se trata de toda una forma de entender el cristianismo de manera práctica y pragmática, y menos teórica. Una guía de meditaciones y actos personales diarios para llevar la vida recta que él consideró que le acercaban a Dios y mejorarían el mundo si todos lo seguían. No obstante, según defendía él, le había inspirado el Espíritu Santo. Una vida de ayuda al prójimo, de misión evangelizadora y ejemplarizante, de sacrificio, pero también de meditación y (en el origen de los jesuitas) austeridad. Cada seguidor debía ser un soldado de Dios, como resumen metafórico de lo que se esperaba de sus ideas si se seguían. Y es que no se puede escapar que es muy probable que su pasado castrense y su formación militar ayudaran a entender y dar forma a sus ideas cristianas a modo de disciplina y metodología, incluso de jerarquía y acatamiento de las normas. La misma idea de misión y objetivo parece salida del mundo castrense.
 

Reseña escrita por Daniel L.-Serrano "Canichu".