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sábado, 11 de abril de 2026

Fresdeval

Título: Fresdeval. 
Autor: Manuel Azaña.
Editorial: Pre-Textos.
Año de publicación: 1987 (1ª edición; edición y notas de Enrique de Rivas; introducción de José María Marco).
Colección: Letras Hispánicas. 
Nº de volumen en la colección: 83.
Género: Novela; Filología; Ensayo.
ISBN: 978-84-85081-84-6
 
Manuel Azaña en sus últimos tiempos, ya exiliado, enfermo y recluido en Francia bajo el amparo del gobierno mexicano para que no fuera atrapado por los nazis alemanes en plena Segunda Guerra Mundial, tiempos en los que le ha de sorprender la muerte en 1940, se había ocupado en escribir lo que la enfermedad y la depresión le dejó. Entre aquellos escritos se ocupó de una novela suya inacabada que escribía a mano desde hacía muchos años y de vez en cuando, lo que más le convencía como acabado, mecanografiaba. Se trataba de una novela que recibió por título Fresdeval. Se le ocurrió escribir una historia con tal nombre cuando fue de visita turística al Valle del Fresdelval, donde hay un monasterio que conserva dos lápidas de un matrimonio visigodo. El viaje lo hizo en 1926, siendo ya un literato reconocido y famoso, antes que un político. Viajó con su cuñado Cipriano de Rivas Chérif, que fue quien recordó la anécdota, pues le vio tomar notas y supo del impacto en él de aquellas lápidas porque en los años siguientes hablaba de componer una historia de un linaje venido a menos cuyos antepasados más afortunados tuvieran aquellos nombres visigodos. A vueltas del nombre de Fresdelval fue cambiándolo hasta dejarlo en Fresdeval, porque el espacio geográfico de su obra, y muchas de las gentes y sucesos narrados, era en realidad su ciudad natal, Alcalá de Henares. Le ayudaba en parte la zona de El Val para apoyar el nombre de Fresdeval, que sería el nombre ficticio que le daría a la ciudad de su novela. No obstante, ya había hablado de Alcalá en su novela El jardín de los frailes (1926).
 
En 1930 ya tenía iniciada la escritura de la novela, pero el levantamiento de Jaca intentando proclamar la República, en el que no participó, aunque le llevó a reclusión, paralizó esa actividad un poco, aunque se piensa que pudo avanzarla en su estado recluido. Como sea retoma la escritura en cuanto es liberado, pero en seguida es de nuevo interrumpida cuando al proclamarse la Segunda República, en abril de 1931, se implica tan profundamente que acaba siendo Ministro y después Jefe de Gobierno, pero sobretodo uno de sus impulsores e intelectuales. Perder los cargos en 1933 al haber perdido las elecciones no le aleja de la política, pero sí le descarga de ciertas obligaciones y eso permite reanudar esa novela... que volverá a interrumpirse en octubre de 1934 al producirse la huelga revolucionaria. A pesar de que él no había participado, intervenido, ni animado, fue llevado a la cárcel junto a otros líderes de izquierdas, que se beneficiaron de una amnistía general a comienzos de 1935. Quedará imbuido en toda la ajetreada política de ese año que le llevarán a participar de la formación del Frente Popular, que ganó las elecciones en febrero de 1936 y le pondrá a él como Jefe de Estado, o sea: Presidente de la República. Como es sabido el ambiente político enrarecido (él mismo sufrió varios atentados contra su vida en esos pocos meses) llevará al golpe de Estado fallido en julio 1936 por parte de la extrema derecha y los ultracatólicos. Su posición de Presidente le mantiene muy ocupado en todo esto, hasta que se da cuenta que todo lleva al descontrol y las principales órdenes y organización de la guerra se le escapan de las manos. Se lanza a escribir en 1937 La velada en Benicarló, que aún retocaría un poco, muy poco, en 1939, de cara a su publicación en Argentina. Pero a la vez, parece ser, retomó una ya casi acabada Fresdeval, casi acabada más o menos cuando quedó interrumpida en 1934. Y aún así, pese a estar casi acabada, no logró acabarla. La enfermedad y la muerte lo impidió definitivamente en 1940. 

Muerto Azaña y socorrida su familia por México, los alemanes entraron donde vivían en Pyla-sur-Mer y encautaron sus papeles. Los nazis de la Gestapo tomaron nota de toda aquella documentación, sin saber muy bien qué era aquel escrito y fue entregada al gobierno del general Franco. Entretanto, la familia de Azaña había logrado llevarse parte de los escritos de él y por ello mismo en 1966 se pudo publicar lo que se consideró las obras completas, donde destacaron sus diarios. Entre ellas el mundo pudo conocer y saber de la existencia de esta novela inacabada, que se incluía dentro del conjunto de aquella publicación. Aquellas obras completas estaban muy incompletas. Se han ido completando a lo largo de las décadas hasta la fecha de hoy. En cuanto a la novela Fresdeval, la sorpresa apareció en 1984 cuando la policía nacional de España encontró de manera fortuita en sus archivos buena parte de los manuscritos de Azaña, que venían a completar todo lo que le faltaba. Dentro, insistimos, de que la obra está inacabada. En 1986 se pensó publicarlo. Prácticamente habían pasado diez años de la muerte de Franco, por lo que eran diez años de transición y democracia, pero también habían pasado cincuenta años desde el comienzo de la guerra civil.

Dolores de Rivas Chérif, viuda de Azaña, aún viva, pero muy anciana, aún residente en México, recibió los derechos de autor como heredera de su esposo. Fue ella la que permitió a la editorial Pre-Textos hacer la primera edición con toda la obra ya reunida y completa hasta donde se podía. No obstante, de esa edición se iba a encargar el poeta Enrique de Rivas, su sobrino, hijo de Cipriano de Rivas Chérif. Iba a tener por tanto un tratamiento especial, intelectual y exhaustivo dentro de los conocimientos de la familia. Colaboraron económicamente el Ministerio de de Cultura, por entonces ya con gobierno del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el ayuntamiento de Alcalá de Henares, gobernado por el mismo partido. De hecho, Alcalá de Henares también aportó su archivo y sus intelectuales, entre ellos alguno emparentado con políticos locales. Nombres con mucho peso en las instituciones culturales del ayuntamiento hoy día, José María Nogales (ligado a las bibliotecas alcalaínas), Vicente Sánchez Moltó (por entonces historiador, hoy cronista y responsable del archivo municipal), Concha Villadangos, José Félix Huerta, Félix Huerta Álvarez de Lara, José María San Luciano (historiador en activo aún), Mercedes García Márquez y, en general, todos los funcionarios del Archivo Municipal de Alcalá de Henares. 
 
Enrique de Rivas aportó documentación familiar, notas y recuerdos, además de algunos análisis, y de ser él quien, tras estudiar todo, recompuso la obra acabada con las notas, y consideró las partes definitivas, componiendo él la estructura lógica de una novela que se puede leer casi entera y se intuye el final a través de las notas (que por cierto dejan cierto margen de finales posibles a pensar). Pero la labor más filológica, una parte de ensayo entre la Literatura, la biografía y la Historia, un análisis filológico, incluso toda una investigación profunda de la Alcalá de Henares de finales del siglo XIX y comienzos del XX, en sus aspectos y sucesos sociales, fue encargada a José María Marco, que hizo una labor impecable en este sentido. Es una obra crítica muy completa. Incluye no sólo estos análisis, las notas y la obra en sí con sus variantes, contiene también la reproducción ológrafa de varias de las páginas escritas por Azaña que se hallaron en 1984, fotografías y hasta un plano de Alcalá de Henares para que se pueda ver la más que evidente equivalencia en calles y en nombres entre Fresdeval y Alcalá. La obra se publicó en 1987. Posteriormente no hay otras ediciones, salvo en obras recopilatorias, como las obras completas reeditadas, o un conjunto de escritos que editó no hace muchos años, tal vez a finales de la década de 2010, el ayuntamiento de Alcalá de Henares. Fresdeval por sí misma tiene su edición en 1987 y quizá espera si alguien más hará otras ediciones futuras.

Antes de comenzar a hablar de la obra en sí, hay que comentar que Azaña hace como su padre, Esteban Azaña, hizo en su novela Ludivina (1879), y también como hizo Francisco García Cuevas en su también novela Villafeliz o el paraíso perdido (1910), encubre Alcalá de Henares, sus calles, gentes, políticos y hasta sucesos reales bajo el nombre de una localidad inventada, pero claramente identificable. Quizá en la novela de Azaña se da el caso físicamente claro que se trata de la ciudad, sobre todo porque incluso hay nombres que quedan iguales. El caso de las personas reales que aquí pasan por personajes ficticios, en el caso de Esteban Azaña y de García Cuevas, estas son identificables a través de un estudio de sus políticos y caciques locales de la época, que arrastran a los nombres de personas más comunes pero activas socialmente y localizables tras investigar en hemeroteca. En el caso de Azaña hay que recurrir también a hemeroteca, pero sobre a los documentos de archivo, especialmente a los judiciales y notariales, pero, aún así, lanza para la gente de su época un claro guiño de quién es quién, pues si bien altera los nombres reales, deja los motes reales, por lo que si a alguien se le escapa la identificación, Azaña la deja clara con el mote. Azaña va más allá. Recurre a incluir en el relato de ficción sucesos reales en Alcalá de Henares de finales del siglo XIX y comienzos del XX, alguno de ellos los conocería por las laborales políticas y notariales de su familia, y otras desde su propia niñez y juventud. Así, sale un asalto a una finca en el Campo del Ángel y el Chorrillo, un incendio con motín en la prisión, y diferentes rumores que marcaron a varias familias.

Entre los rumores que salen repite uno que es el eje central de la novela de su padre, aquel en el que un hermano y una hermana de una familia pudiente  mantienen una relación amorosa sin saber previamente que eran hermanos. Ya se comentó con detalles en Ludivina, junto a la relación que esto tenía con Esteban Azaña y las maledicencias vecinales. Manuel Azaña lleva el incesto a un doble incesto, el de una hermana y un hermano que no saben que lo son y el de una tía con su sobrino, ambas relaciones dentro de la misma familia en diferentes generaciones, que es parte de lo que excita e incita a los personajes de la novela a apasionarse hasta lo turbulento, dentro de las lógicas de las pequeñas urbes, casi pueblos, donde las cuestiones de honor siguen vigentes aún cuando los tiempos están cambiando. Manuel aún le da más espacio a la novela de su padre en la suya, pues igualmente enfrenta en estos amoríos a una familia ultraconservadora por ser carlista, con otra familia que es liberal hasta el punto de haber acogido en su casa al general Espartero.
 
Fresdeval se desarrolla a lo largo del siglo XIX y tal vez llegaría a las puertas del comienzo del siglo XX. Azaña había llegado a anotar las fechas de muerte de cada personaje y esas nos dan la pista de que se buscaba eso. Es la historia de una saga familiar poderosa en una pequeña ciudad. La cual está enfrentada a otra. Hasta cierto punto pareciera que Azaña trata de emular las novelas con ubicación y personajes históricos de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, y, dentro de esto, darle un estilo parecido al de Ramón J. Sénder, ambos contemporáneos de él. Algunos de los sucesos de la saga familiar a lo largo del siglo XIX son crudamente reales, pero, de extraños, parecen fantásticos, por lo que salvando mucho las distancias, parece anticiparse a Cien Años de Soledad (1967) de Gabriel García Márquez, pero no tiene esa frescura. Se adelanta en la idea, no es cómo la narra y lo que narra.

Todo parte de una enemistad entre los Anguix y los Budía, nacida de sus posesiones y poderes en la ciudad, pero sobre todo de la Guerra de Independencia de 1808-1814. La familia más terrateniente es la más conservadora y abraza la monarquía absoluta. La familia que se decanta por trabajos liberales es precisamente eso: liberal, y abraza el constitucionalismo. Aunque la base de sus problemas nace aquí, su enemistad total parte de los actos violentos que una familia toma sobre otra en el Trienio Liberal de 1820-1823. A la muerte de Fernando VII, unos serán carlistas y otros liberales isabelinos. Las guerras carlistas marcarán la ciudad y les hará ir y venir a ambas familias, quedando mejor posicionada la liberal. Con el reinado de Isabel II se verá muy libre de hacer negocios, por ejemplo en torno al ferrocarril, al cual aborrecen la otra familia, que se refugia en el catolicismo mientras ve menguar sus tierras a costa de las expropiaciones y de que los negocios fabriles tomaban el relevo a los grandes ganados. Siguiendo el contexto político, El Sexenio Revolucionario será otra vuelta de tuerca que hará que la familia conservadora busque refugio en la liberal cuando deciden irse al exilio, pues le piden que les guarden su dinero hasta que regresen. Aceptan como caballeros. Uno de los descendientes de la familia se hará republicano en 1873, pero reinstaurados los Borbones en 1875 la novela aún desarrolla algunos capítulos turbios entre los descendientes, pero que quedan interrumpidos y ya sólo queda leer las notas que dejó Azaña. Una deuda no pagada por robo de un tercero posible, un ajuste de cuentas asaltando una casa, un crimen pasional por rencillas de lucha de clases cuando los obreros de estos ya no soportan a los amos...

En la línea no política nos encontramos con unas tres o cuatro generaciones en las que las más prósperas son las más antiguas, con nombres visigodos, y cuya riqueza material y moral se va mermando poco a poco con el cambio de los tiempos y los acontecimientos del siglo XIX. Las relaciones entre los jóvenes de las familias crean hasta dos incestos en diferentes generaciones, ya comentados. Un personaje llega a bromear que las mujeres de los Anguix no conocen hombre, les basta con estar en casa para tener descendencia. Pero igualmente tenemos tanto un joven bastardo obligado a vivir cuidando el campo, cuando en realidad se ha hecho autodidacta y tiene amplios conocimientos poéticos. La deuda no pagada, el robo cuyo artífice no se conoce, una posible rencilla de clases sociales y de enemistades rurales, llevan a un asesinato que enrarece el pueblo, pero también está el intento de ascenso político durante el turnismo de Alfonso XII, y aparece Cánovas del Castillo burlándose de uno de ellos. Incluso el rey aparece en una escena que parece que Eduardo Mendoza reutiliza en La verdad sobre el caso Savolta (1975). En este ambiente el ritmo de la novela se interrumpe justo cuando un Anguix se juega a las cartas toda su hacienda y la pierda, lo que lleva a la ruptura familiar y al rumor. Ese episodio de pérdida de la casa fue un hecho real de la Alcalá de Henares de entonces, y tocó de cerca a los Azaña.
 
Azaña usa aquí un estilo muy pesado y duro, casi sin párrafos aparte. Puede haber varias páginas seguidas sin punto y aparte. Hay frases muy enrevesadas con un lenguaje altamente culto, a veces rescatando palabras antiguas incluso para el comienzo del siglo XX. No es una lectura fácil, implica atención extrema, conocimientos diversos, y un vocabulario muy amplio y muy rico. Muy extremadamente rico. Pero la mayor dificultad está en los giros de las frases, incluso de los párrafos, para decir algunas de sus ideas. Comparado con las notas de versiones alternativas descartadas por Azaña, en esas primeras versiones todo queda más claro y comprensible, por lo que este barroquismo es buscado claramente. 

Fuera de esto, lugares como el Monte Zulema (o Gurugú), la Puerta del Vado, el Chorrillo, el río Henares, el Val, la Plaza de la Victoria y su hospital militar lleno de soldados incapacitados por las guerras carlistas (hoy Facultad de Ciencias Económicas), el casino de la Plaza de Cervantes y otros sitios aparecen en la novela, incluida la estación de tren y las iglesias bien descritas. Lo que le ocurre a Azaña es que se decanta por las zonas desfavorecidas y las hace protagonistas junto a sus gentes. El matadero (hoy casas regionales), la Ronda de la Pescadería... En los siglos XVI y XVII, parte del XVIII, la zona de la Puerta del Vado, y aquellos lugares que iba a ella, eran lugares donde algunas casas nobiliarias desearon instalarse por apacibles y buenos lugares. Fue a mediados del siglo XIX, con la llegada del ferrocarril que la gente de la época, como los Azaña, vieron como la zona cambió. Muchas de las familias acaudaladas prefirieron mudarse hacia la estación de tren, donde estar más cerca de sus nuevos negocios. Quedando esta otra zona más propia para los agricultores y ganaderos, por ser mejores para ir al río y a los montes, y al matadero y la calle de las vaquerías. Pero a la vez se llenó de prostíbulos (cosa que ya ocurría en el siglo XVI en grandes casas) y de gente de mal vivir, con peleas y borracheras incluidas, así como familias que vivían en extrema pobreza. Algunas de esas personas reales las transforma en personajes de su novela, pero fueron personas reales que han sido avalados, como algunos borrachos pendencieros, algunas prostitutas y algunas personas muy humildes. No obstante, con la reforma agraria de 1933 Azaña llegó a declarar que de todos los políticos que hablaron el día de su aprobación él era el único que habló con propiedad, pues había sido agricultor... Y era cierto, su familia tenía ese negocio también y, aunque no es donde más trabajó, trabajó de ello, aunque como capataz. Conocía el campo y su gente. Y en Alcalá muchos de sus amigos eran gente común. 
 
Azaña se pone de parte del desfavorecido en la novela y demuestra conocer en profundidad esa Alcalá de Henares más social y menos histórica, menos pomposa.  

Novela incompleta, pero que se puede leer casi completa. Intuimos el posible final y nos quedamos con las ganas de saberlo. Pero se lee como si estuviera completa, como si fuera un final abierto, y es verdad, se puede entender una novela de final abierto. Pero no se esquiva que es una novela con un lenguaje altamente rico en léxico y altamente complejo en sintaxis por sus muchas e inacabables perífrasis. se podría comparar en parte a alguna obra del exilio de Max Aub, pero Azaña es en esta novela aún más complejo. Y aún así, es una interesante novela por sí misma e interesante novela por todo lo que nos arroja de Alcalá de Henares, una Alcalá oculta de la que casi no se ha dicho nada... si acaso algo rozó Julián Vadillo en su tesis doctoral El movimiento obrero en Alcalá de Henares, 1868-1939 (2014). Azaña va más lejos, nos da los entresijos de una sociedad cerrada, de clases y de lumpen, con sus rumores y con su herida abierta de las dos Españas de carlistas y liberales que han visto aparecer a los republicanos y deciden turnarse el gobierno... pero al fin y al cabo, dos Españas. Aún así, no es una novela política, en absoluto. Tiene más de novela social que de novela política. Tiene mucho de novela de retrato de la vida en una pequeña ciudad. No en las grandes capitales, ni en el mundo rural. Azaña apuesta por la vida en la pequeña urbe. Como Delibes haría décadas después en alguna de sus novelas.

Reseña escrita por Daniel L.-Serrano "Canichu".

domingo, 13 de abril de 2025

La velada en Benicarló

Título: La velada en Benicarló. Diálogo sobre la guerra de España.
Autor: Manuel Azaña.
Editor: Losada (Buenos Aires. Argentina). 
Colección: Cristal del Tiempo.
Año de publicación: 1939. (1ª edición)
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Título: La velada en Benicarló. Diálogo sobre la guerra de España. 
Autor: Manuel Azaña.
Editorial: Castalia (Madrid. España).
Año de publicación: 1974 (1ª edición, editada por Manuel Aragón).
Colección: Biblioteca de Pensamiento.
Nº de volumen en la colección: 81.
Género: Teatro; Novela; Ensayo.
ISBN 13: 9788470391842
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Título: La velada en Benicarló y versión teatral. 
Autores: Manuel Azaña (texto original); José Luis Gómez y José A. Gabriel y Galán (versión teatral).
Editorial: Espasa-Calpe.
Año de publicación: 1981 (1ª edición; prólogo de Manuel Andújar).
Colección: Selecciones Austral. 
Nº de volumen en la colección: 81.
Género: Teatro; Novela; Ensayo.
ISBN 13: 978-84-239-2081-X
 
 
Aunque póstumamente se han publicado numerosos libros de reflexiones y memorias de Manuel Azaña, o sus diarios, su correspondencia, artículos de prensa y demás, el último libro que compuso es La velada en Benicarló, que originalmente completó el título con Diálogo sobre la guerra de España. Actualmente se le puede ver publicado en diferentes editoriales y ediciones con el título abreviado o con el título completo. Más aún, en un ejercicio de azañismo, también se le puede comprar por sí mismo, o acompañado de estudios historiográficos o, una de las versiones más conocidas, acompañado de una versión teatral de este diálogo que fue una obra derivada de José Luis Gómez y José A. Gabriel y Galán. La primera vez que se publicó fue en el exilio, y ni siquiera en Europa, fue en Argentina, en una edición de la editorial Losada, asentada en Buenos Aires, en 1939, dentro de la colección Cristal del Tiempo. Azaña en ese momento se veía recluido por la enfermedad y por la Segunda Guerra Mundial en Montauban, en Francia. Moriría en noviembre de 1940. A partir de ahí hubo otras ediciones en el exilio, lo que puede implicar que algún ejemplar entrara clandestino en España. En marzo de 1966 la llamada Ley de Prensa decía otorgar libertad de publicación. En realidad la censura pasaba de ser previa a ser posterior y las sanciones y condenas eran mucho más graves contra autores y editores. Aún así, pudieron publicarse algunas cosas anteriormente totalmente prohibidas, aunque con fuertes recortes de censura, cambios de texto y manipulación de las ediciones. De este modo se publicó en España una edición del libro de parte de Manuel Aragón con la editorial Castalia en 1974, dentro de la colección Biblioteca de Pensamiento. Catalogaban así a la obra como una obra de ensayo y reflexión del que fuera el Presidente de la Segunda República Española. Fue en 1981 que se retomó reeditar la obra ahora ya íntegra y tal cual, sólo que fue acompañada de una versión teatral adaptada por los escritores José Luis Gómez y José A. Gabriel y Galán, que pertenecían a la Agencia Literaria de Carmen Balcells. Fue publicada por Espasa-Calpe, dentro de la colección Selecciones Austral. Ese mismo año el Centro Dramático Español editó otro ejemplar donde Gabriel y Galán no figuraba en la cubierta como adaptador del texto teatral, pero sí José Luis Gómez como director de la representación. 
 
De la obra teatral que acompañó al libro de Azaña en 1981 tenemos en las páginas de Espasa-Calpe varias fotografías de la representación de la obra en el Teatro de Bellas Artes de Madrid, en noviembre de 1980, y el reparto con muy conocidos actores españoles. El prologuista, Manuel Andújar, se permite experimentar en su prólogo escribiéndolo también como un diálogo entre intelectuales y gente del teatro en Madrid en 1980, siendo unos que ha vivido la guerra y otros que son jóvenes de la Transición. Pensemos que esta edición de 1981 es además en el año del intento de golpe frustrado del 23 de febrero. Era la primera vez que la obra se publicaba íntegra, pero también la primera que se representaba sobre el escenario. La adaptación en realidad simplificaba en mucho el texto de Azaña, aunque cogía partes literales de algunos monólogos. Introducía algo de voz a los puntos de vista comunista y anarquista y desordenaba las intervenciones, así como acotaban emociones a los actores, ya que los adaptadores consideraban que a Azaña le faltó darle humanidad a los personajes, transformándoles en contenedores de ideas y análisis. Ellos querían dar esa humanidad. Nunca dejará de sorprenderme estas adaptaciones que tratan de corregir nada menos que a un Premio Nacional de Literatura, por muy Gabriel y Galán que fuera. Sea como sea, la adaptación teatral, que está deslocalizada del escenario original que creó Azaña y ubica a los personajes en una estación de tren a la que no termina de llegar el tren que los ha de llevar al exilio, cumple su objetivo transmisor de las reflexiones de Azaña para el gran público. Cometieron sin embargo una libertad nada más lejana de la realidad de cuando Azaña escribió su obra y eso hace que mucha gente crea que este diálogo se produce al final de la guerra. No es así. Aunque la obra teatral llega a decir que se encuentran en el invierno de 1938, muy cerca del final de la guerra por unos meses (acabaría oficialmente el 1 de abril de 1939), en realidad Azaña colocó una nota preliminar en mayo de 1939 en la que confesaba que había escrito aquello en 1937 antes de los sucesos de Barcelona de mayo de ese año, con lo que sentía haber algo casi premonitorio y que, si hubiera escrito el diálogo después de esos sucesos su análisis hubiera cambiado sustancialmente sobre el rumbo de la guerra y el del destino de España. Recordemos que en mayo de 1937 la parte comunista de la República intentó deshacerse de una parte de la izquierda con la que rivalizaban, persiguieron al POUM, de corte trotskista, y se enzarzaron en un enfrentamiento armado con estos y con la CNT en la retaguardia catalana y parte del frente aragonés, en la que el gobierno intervino mandando tropas a Barcelona. Posteriormente el POUM fue prohibido y perseguido, la CNT perdió sus ministros, Largo Caballero (PSOE) dejó de ser Jefe de Gobierno y ocupó su cargo Negrín (PSOE cercano al PCE), mientas los comunistas ocuparon más cargos de gobierno y militares. 

El escenario de la obra de Azaña no es una estación de tren, ni es durante los últimos meses de la guerra. Ya hemos visto que Azaña dijo haberlo escrito antes de mayo de 1937, con lo que la parte más virulenta de 1936 está muy viva durante su escritura y eso se trasluce en lo que se van diciendo unos personajes a otros. El escenario, lo indica Azaña al comienzo, es en el interior de un coche o furgoneta en un viaje que realizan juntos varios personajes desde Barcelona a Benicarló. No tienen otra que tratarse por lo reducido del espacio y porque todos viajan en el mismo coche o furgoneta, aún cuando, siendo todos republicanos, discrepan en cómo ven la República y el camino de la guerra. Es cierto que Azaña no introduce un personaje anarquista ni otro comunista, pero eso no quiere decir que sus puntos de vista no estén presentes, pues sus postulados revolucionarios se hayan presente varias veces en los recuerdos y reflexiones de los viajeros. Estos oscilan entre un republicano de derechas, a republicanos de izquierdas e incluso a socialdemócratas del PSOE, unos más cerca a los postulados estatistas de Prieto y otro más cerca de los obreristas de Largo Caballero. Hay un médico de campaña, un exdiputado, dos militares, un periodista, una actriz, un aviador, un abogado, un exministro, un propagandista socialdemócrata y un ideólogo socialdemócrata. Azaña hace un ejercicio de reflexionar incluso desde el punto de vista de ideas que no comparte, hasta el punto que en el diálogo, sin estar presentes, también se reflexiona la manera de ver de los diferentes españoles que se adhirieron a los alzados, ya monárquicos, ya fascistas, ya simplemente militares. Es altamente llamativa la capacidad de Azaña en esta obra de analizar todos los puntos de vista de los españoles en guerra sin entrar en grandes confrontaciones apasionadas, aunque sin abandonar el punto de vista del orden legal establecido y de las normas de la democracia que se han socavado por la pura violencia y rencores.
 
A la obra le ocurre lo mismo que a La Celestina (1499), de Fernando de Rojas. Está escrita con el formulismo del teatro. Le da así un mensaje añadido al texto, expresando que todos eran actores en la guerra. Pero la extensión de la obra, lo largo de algunas de las intervenciones y la construcción y profundo de algunas de las reflexiones hacen que se pueda considerar una novela. Una novela teatralizada. Sin embargo, Azaña le suma algo más. Hace un análisis profundo del porqué de la guerra, de cómo va la guerra, de qué se sacará de ella y de  porqué cada español ha obrado de un modo u otro, lo que hace que sea también un ensayo y una reflexión, tal vez algo de memoria de Azaña de sus vivencias en guerra. Él no sólo era presidente de gobierno, también fue ministro, intelectual y escritor, con unos pensamientos profundos que le sitúan también entre los pensadores del siglo XX. Aquí todo confluye y hacen que Azaña escriba la que quizá sea su mejor y más recordada obra literaria, valorada tanto desde la literatura, como desde la política, la Historia y el pensamiento. 

Lo cierto es que es un análisis tan acertado el de Azaña que, en algunos aspectos, podría haber servido para el análisis de las asambleas del 15M de 2011, o bien ahora, en 2025, del ascenso en intención de voto de la derecha más radical.
 
Azaña toca el tema del feminismo y su papel en la guerra, dado el encendido debate que tuvo en 1931 el derecho del voto femenino; toca el asunto de la revolución, las colectivizaciones y las asambleas; toca y reconoce que sin la gente civil, el pueblo, en más de un lugar el Estado y las autoridades militares se hubieran visto desbordadas por los alzados; toca el asunto del nacionalismo catalán, pero también remarca otras actitudes de parte de vascos o de regiones de España que en principio no fueron acusadas de nacionalismo pero cuyas decisiones quitaron recursos al Estado central; toca el tema de cómo el Ejército republicano se alejaba de la disciplina que hasta entonces había conocido; toca el analfabetismo y la falta de formación técnica; toca la pobreza y el hambre; toca el papel de la Iglesia; toca la poca capacidad de movimientos del gobierno central; toca el descontento de los miliares alzados, pero también de los empresarios que en realidad su nacionalismo pasaba sólo por su beneficio personal y es así como Azaña explica porque unos alinean con unos u otros; toca el tema de las represiones en ambos bandos en el verano de 1936, y razona (quizá sea uno de los primeros en señalarlo) cómo en la zona republicana se intentó atajar en cuanto el gobierno se vio fuerte en eso, mientras que en la zona alzada se crearon normas para organizar esa represión; toca los rencores personales en los pueblos; la barbarie; toca el doble rasero en la Sociedad de Naciones y la ambigüedad de las potencias occidentales, pero también de las ayudas de países fascistas y comunistas a uno y otro bando; toca el exilio y el papel de los exiliados respecto a la guerra; toca la ambigüedad de la farándula; toca, en fin, toda una serie de temas que quizá sea una de las primeras reflexiones más completas de lo que estaba siendo la guerra de España. 
 
Azaña se muestra crítico y autocrítico. Quizá una de las partes más tragicómicas de este diálogo ocurre cuando el médico de campaña narra que en los hospitales sólo falta que los enfermos y heridos hagan una asamblea y decidan qué ha de hacer o de no hacer el médico en una intervención médica.  
 
 Lo dicho, quizá es el libro más destacado de su obra. Sin duda es una referencia entre los libros que analizan la guerra civil. Tanto por quién lo escribe, como el cuándo, como por el peso reflexivo e intelectual de Azaña. Demuestra en esta obra conocer muy a fondo a las diferentes clases sociales españolas, así como sus pasiones, sus recelos y sus gustos.
 
Reseña escrita por Daniel L.-Serrano "Canichu". 

domingo, 12 de abril de 2020

El problema español

Título: El problema español. 
Autor: Manuel Azaña.
Editor: La Cuna de Cervantes.
Impresor: La Cuna de Cervantes
Año de publicación: 1911 (1ª edición).
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Título: El problema español.
Autor: Manuel Azaña.
Editores: Agrupación Socialista de Alcalá de Henares (PSOE) / Metal, Construcción y Afines a Unión General de Trabajadores (MCA-UGT). [Unidos en la Casa del Pueblo de Alcalá de Henares].
Año de publicación: 2011 (1ª edición; facsímil siguiendo otro facsímil de 1987; presentación de Eusebio González Jabonero, Secretario General del PSM-PSOE Alcalá de Henares, y nota introductoria de Julián Vadillo Muñoz, doctor en Historia.).
Género: Historia; Ensayo; Política; Oratoria.
ISBN: [Sin ISBN, ni Depósito Legal, ni código Creative Commons.]

Se cumple un mes de confinamiento por la activación del estado de alarma en toda España a causa de la crisis sanitaria, ya también económica y política, desatada por la enfermedad llamada Covid-19, actualmente pandemia mundial. Mientras se ha prorrogado ese estado de alarma medio mes más, como mínimo hasta final de abril, entramos en la semana con el aniversario de la proclamación de la Segunda República el 14 de abril. Por ello aparece por tercera vez en estas notas la obra de uno de los alcalaínos más destacados, Manuel Azaña. En este caso nos vamos a su juventud, a cuando tenía 30 años en febrero de 1911, un año en el que cumpliría 31. Se trata de un ensayo político, con algunos tintes de Historia, que en realidad lo escribió como oratoria para dar un discurso. Fue su segunda obra publicada, al margen de sus artículos periodísticos, pues no hay que olvidar que su profesión era la de periodismo antes de meterse a político. Al menos es su segunda obra publicada no periodística que se conozca a fecha de hoy. La primera sería La libertad de asociación, otro discurso que escribió para la Academia de Jurisprudencia de Madrid, publicado en 1902. Lo cierto es que entre 1902 y 1911 no solo escribió artículos periodísticos, dentro de los propios periódicos también escribió crítica literaria y publicó alguna obrita de carácter literario, pero lo cierto es que como obra editada por sí misma, fuera de la prensa, tenemos conocido el discurso citado de 1902 y la obra a la que nos vamos a dedicar hoy, El problema español, del citado 1911.

El problema español fue publicado por primera vez en el mismo febrero de 1911 según se indicó en la publicación original gracias a la Imprenta La Cuna de Cervantes por suscripción de los admiradores del autor. Hemos de imaginar que esos admiradores eran mayoritariamente alcalaínos, sino todos, y que la edición probablemente difícilmente rebasó Alcalá de Henares, como mucho llegaría a Madrid de manos del propio autor. Del mismo modo es probable que todos aquellos suscriptores populares fueran miembros de la Agrupación Socialista de Alcalá de Henares, esto es: del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en la ciudad y con bastante seguridad con miembros del sindicato Unión General de Trabajadores (UGT), afín al PSOE y en esas fechas el único y mayoritario en Alcalá de Henares entre los trabajadores sindicados. El discurso no volvió a aparecer hasta la publicación por Juan Marichal en México de las Obras Completas, en cuatro volúmenes entre 1966 y 1968. Estas Obras Completas fueron reeditadas y revisadas en España en 1990, y más tarde, fueron ampliadas, completadas y comentadas por el historiador Santos Juliá en 2007, que las dejó en siete volúmenes. Fuera de esa compilación, por sí solo, El problema español no vio la luz editorial de nuevo hasta que en 1987 desempolvaron en Alcalá de Henares algún ejemplar antiguo del original de 1911 y lo reeditaron facsímil, imitando la tapa blanda acartonada y la sencilla presentación sin apenas decoraciones. Probablemente uno de los ejemplares de 1987. A partir del ejemplar de 1987 o de las Obras Completas volvió a reaparecer por sí solo a nivel de toda España en 1990 junto a otro discurso posterior, quedando como El problema español y Apelación a la República, siendo esa edición la más aceptada como obra conjunta entre los compradores actuales y las posteriores reediciones. Sin embargo, en 2011 el PSOE alcalaíno con la UGT alcalaína, recuperaron el facsímil de 1987, o bien el original de 1911, a través del historiador aficionado complutense San Luciano, y lo reeditaron otra vez facsímil y a nivel local con una presentación del Secretario General de la Agrupación Socialista de Alcalá de Henares, Eusebio González, y una introducción histórica del doctor en Historia Julián Vadillo sobre la razón de ser y el contexto de ese discurso. Es esa edición, por ser la que me llega a mis manos, por ser facsímil y por ser compuesta por entidades y autores alcalaínos todos ellos, la que va a centrar estas notas. No obstante hay que citar que la edición más actual data de 2017, editada por la editorial Reino de Cordelia a nivel estatal y como parte de una antología de ensayos de Azaña sobre la situación política y social de España, llamando al volumen Tierras de España, el problema español.

La edición alcalaína de 2011 sufragada por el PSOE y la UGT alcalaínos tenía la razón de ser de cumplirse ese año cien años de la Casa del Pueblo en Alcalá de Henares. La Agrupación Socialista de Alcalá de Henares había recuperado la Casa del Pueblo el 28 de mayo de 2009. El 4 de febrero de 2011 se cumplía el aniversario de los cien años, pues fue el 4 de febrero de 1911 que se abrió la primera Casa del Pueblo en la ciudad. Ahora bien, la Casa del Pueblo actual funciona más bien como sede de los socialdemócratas adscritos al PSOE más que como la función original de las Casas del Pueblo de comienzos del siglo XX, las cuales eran centros que reunían en sí a los obreros con finalidades políticas, sociales, educativas, etcétera. Principalmente estas Casas del Pueblo solían atraer a socialdemócratas y republicanos, aunque estaban abiertas a todas las corrientes que trabajaban por el progreso de las clases populares y no se adscribían en principio a una ideología determinada, dependiendo esto de las tendencias mayoritarias de cada lugar, aunque, volvamos sobre ellos, atraían principalmente a socialdemócratas y republicanos. Sea como sea, en 1911 la Casa del Pueblo alcalaína era abierta por gente cercana a la UGT y al PSOE, invitaron al joven Manuel Azaña, ya relativamente conocido en los periódicos nacionales, aunque había tenido un periódico inicial en la propia Alcalá de Henares, La avispa del Henares. Su familia era además una familia arraigada desde el siglo XV con una larga trayectoria de escribanos, notarios y agricultores, siendo el propio padre de Manuel Azaña, Esteban Azaña, alcalde en la década de 1870, tras la Restauración Borbónica, e historiador local, más bien cronista, en la década de 1880. Manuel Azaña no era socialdemócrata, ni pertenecía a ninguna otra corriente del socialismo, él era netamente republicano, desde el republicanismo burgués y las ramas progresistas del mismo, era republicano de izquierdas. Se sentía próximo a algunas ideas de la socialdemocracia, pero no compartía las ideas socialdemócratas de la época, pese a que años más tarde formara gobierno en coalición con el PSOE. Azaña era apreciado en Alcalá y contaba con bastantes amistades entre los socialdemócratas complutenses. Varios de los nombres destacados de estos eran Antonio Fernández Quer (albañil y primer socialdemócrata en lograr un cargo político, incluso antes que Pablo Iglesias, fue precisamente de edil -concejal- en la propia Alcalá de Henares), Antonio Cao del Río (que también fue concejal), Andrés Saborit (que llegó a ser diputado), Mariano Alarcos, Arcadio Monge y Serapio Saborit.

En febrero de 1911 se inauguraba la Casa del Pueblo, había sido parte de una trayectoria en auge del PSOE y de la UGT en la ciudad. En 1903 se había fundado la Agrupación Socialista y para final de año Fernández Quer obtenía el cargo de concejal. Al margen del resto de hitos del socialismo en la ciudad, desde ese momento Fernández Quer comenzó a idear y a impulsar la idea de crear una Casa del Pueblo en la ciudad, a la vista del avance de las ideas progresistas entre los trabajadores. Contaba en ello con la simpatía y el apoyo de Manuel Azaña, republicano. En 1910 Fernández Quer y Azaña ya habían fundado juntos el citado periódico La avispa del Henares. En 1911 Azaña fue invitado por Quer a que diera el discurso inaugural. La Casa del Pueblo contaba con biblioteca, sala de lectura, clases elementales de enseñanza a los obreros, talleres específicos para obreros, aula de teatro, diversas actividades culturales y también activismo de defensa de los presos políticos que se sucedían en los diversos episodios propios del reinado de Alfonso XIII. Permaneció en activo hasta el final de la guerra civil en la primavera de 1939, momento en el que sus bienes fueron incautados y se prohibió su reapertura a la vez que se perseguía a sus miembros. Aunque más como sede del PSOE local que como con sus funciones propias de las primeras décadas del siglo XX, fue reabierta una reedición de la Casa del Pueblo en 2011, y en esa ocasión se invitó a hablar al historiador Julián Vadillo sobre este contexto social de 1911, tal otra conferencia se produjo el 11 de febrero, y aún ofreció una ruta por los lugares significativos de la Historia de la izquierda alcalaína el 19 de febrero. Previamente, el 4 de febrero, fecha redonda del aniversario, habían dado discursos los secretarios generales de la UGT-Comarca Este de Madrid, Jesús La Roda, y el del PSOE-Alcalá, Eusebio González, más el secretario de organización del PSOE-Alcalá, Pedro Casillas. Además hubo una conferencia de Historia ofrecida por el catedrático ya fallecido Julio Aróstegui y por el director del Archivo Histórico de la Fundación Pablo Iglesias, Aurelio Martín Nájera, acompañados de Yolanda Besteiro, secretaria de administración del PSOE-Alcalá.

Lo cierto es que la función propia de la Casa del Pueblo de 1911 parece que en nuestros días estuviera mejor representada por la sede Las Trece Rosas, adscrita al Partido Comunista de España en Alcalá de Henares, pero no es motivo de estas notas entrar en este análisis. 

El problema español de Azaña fue editado dentro de lo que pretendía ser el inicio de una serie de publicaciones posteriores de parte de la Casa del Pueblo, por ello fue editado dentro de un cuadernillo enmarcado dentro de lo que en la propia portada se llamó "Propaganda", se indicó que se trataba de una conferencia e incluso se numero el volumen en número romano como I. De este modo es fácil encontrar en librerías de antigüedades esta edición como la de 1987 con el nombre alterado a El problema español I, dando lugar a la confusión sobre que Azaña escribiera o se propusiera escribir una serie de ensayos sobre los problemas sociales y políticos de la España de su época. Nada más lejos. La numeración correspondía, repetimos, al primer volumen de los que sería una serie de publicaciones para Alcalá de Henares de parte de la Casa del Pueblo y no necesariamente escritos por Azaña.

Azaña para 1911 ya era totalmente conocido en Alcalá de Henares y comenzaba a ser relativamente conocido a nivel nacional, no obstante, en pocos años él será uno de los pocos periodistas españoles que viajarán a Verdún para narrar en primera persona lo que habían visto en los frentes de la Primera Guerra Mundial. Iba recto camino a ganar el Premio Nacional de Literatura en 1926. Así pues, en 1911 era una voz respetada en Alcalá, tanto por sí misma como por el significado de su familia en al vida complutense, así como por su trayectoria en ascenso en España. Centró su discurso en un análisis profundo sobre los problemas que él consideró graves dentro de la España de su época. Dado que décadas después se va a comprometer tanto con el republicanismo que terminará siendo Presidente de la Segunda República, se puede ver y considerar este discurso como uno de los primeros textos donde más explícitamente comienza a manifestar su acercamiento a una profunda preocupación por lo social y la sociedad y la búsqueda de sus soluciones. Su capacidad de análisis y de comprender todo lo que ocurría hacen de este texto algo que explica su trayectoria posterior, su visión y, aunque suene extraño, con la cualidad de que muchas de las cosas que él detectó en la sociedad española siguieron vigentes en uno y otro grado no sólo en las décadas inmediatamente posteriores, sino incluso también a lo largo de todo el siglo XX e incluso dentro de este siglo XXI.

Azaña escribe el texto sabiéndose parte de una generación joven que en ese momento está llegando a la vida política. Siente en esto la fuerza de una necesidad de regeneración de todo aquello que ha degenerado las condiciones de vida de la gran mayoría de los españoles, los trabajadores. En parte bebe del regeneracionismo impulsado tras el desastre de 1898. Toca temas como el control de la natalidad para solucionar en parte las desgracias económicas de las clases más populares, aunque ese control debe hacerse desde la concienciación, como en Francia. Refleja así las ideas de Malthus llevadas a las ideas de progreso interiorizadas por el socialismo a lo largo del siglo XIX. La desigualdad de los sueldos es observada por Azaña como una constante fuente de desigualdad social que lleva a graves penurias para los trabajadores. Considera en esto que el aumento de huelgas por asuntos laborales lleva cada vez a mayores enojos al no ser contestadas positivamente por los gobiernos y los empresarios, lo que hace que un aumento de huelgas, según Azaña, tenga asociado un aumento de violencia al no verse satisfechas las reivindicaciones, por otro lado, justas. Entra ahí el tema de la educación, controlada por la Iglesia o por el gobierno, pero en ambos casos mal administradas. Incapaz de ser dada a todas las clases populares. Anquilosada en las ideas del Imperio pasado y perdido, sin entrar en ideas productivas nuevas. Más aún, considera que la educación está dada por el gobierno a modo de acto administrativo, de forma mecánica, sin fomentar ningún tipo de pensamiento crítico, ni científico, ni creativo, dando a luz así a generaciones que se comportan como parte de un engranaje más que como personas con respuestas de futuro. Todo ese sistema se recompensa con títulos académicos y la sociedad misma exige la tenencia de esos títulos más que los conocimientos o las capacidades supuestas, dando así una sociedad de la apariencia, una sociedad obsesionada por ser reconocidos por el título, pero no por los hechos. Aunque, eso también, toda enseñanza queda supeditada a las creencias religiosas, impidiendo así que avance absolutamente nadie que presente un mínimo de crítica o de distanciamiento en sus estudios respecto a lo religioso y por extensión se crea una conciencia de jerarquía tan fuerte que también se impide el paso a quienes cuestionan determinadas instituciones del gobierno. 

Azaña considera que todo esto se transfiere a la sociedad en todo su conjunto, dando lugar a una sociedad con una incultura alta y con altas dosis de falta de interés real por el conocimiento o la búsqueda de la verdad, una sociedad brutalizada y alimentada por tópicos a menudo violenta contra los miembros de sus mismos niveles sociales si alguno de estos trata de salirse de lo comúnmente aceptado. España está lejos de Europa y debe acercarse a ella por medio de una renovación de la educación que dé nuevos valores morales y de conocimiento a toda la sociedad. Pensamiento que en parte y relativamente coincidirán con los de Ortega y Gasset unos años más tarde. 

La vida religiosa, insiste en ello, paraliza el avance material de la sociedad al darle a los individuos una serie de creencias e ideas aledañas que rigen todo un código de parálisis por medio de éticas, morales, conductas y respetos jerárquicos, castigo mediante. Mientras España paralizaba así avances tecnológicos que eran cuestionados por la Iglesia o la tradición confundida con creencia religiosa, el resto de Europa avanzaba y mejoraba sus vidas, igualmente con cuestiones de ordenamiento social y libertades. De este modo también habrían surgido la idea de la continuidad del antiguo orden como el orden ideal, de este modo había una serie de condescendencias y pleitesías a nobles y hombres millonarios, así como a políticos y militares, que provocaron que estos se creyeran los únicos valedores de los pesos de la nación, prolongando sus mandos y extendiéndolos más allá de lo que podían hacerlo. Yendo así a la aparición de caciques, a la perpetuación fraudulenta de cargos, y a la repetición de una especie de sentimiento de vasallaje casi feudal en muchos lugares de España, especialmente los rurales.

Toda política liberal debía pasar por una reforma de la recaudación de impuestos, pero todas las políticas liberales, y en especial una nueva distribución de los impuestos y su cobro, es atacado por sistema por los conservadores, que consideran a los liberales usurpadores del poder, ya que entienden los conservadores que el poder es suyo, yendo en esto también en contra con la tendencia general democrática del resto de Europa, y contribuyendo al estanco del empobrecimiento material de la sociedad. Ahonda esto el enfrentamiento entre españoles, al darse a entender un orden de cosas presuntamente natural, el conservador, y a la vez un orden de cosas que puede progresar, los liberales y a alturas de 1911 también los republicanos y los socialistas. 

Azaña invoca a la superación de la cobardía y de la hipocresía, a romper con el escepticismo de que nada pueda cambiar. Llama a un patriotismo basado en la limpieza ética y moral individual de hacer lo correcto como inicio de la regeneración nacional. La elección justa y valiente de los más honestos en los municipios para ir elevándolos a las más altas cotas. En ese estado es vital la educación y la elevación de la misma alejada de la jerarquización y prohibiciones religiosas, así como del anquilosamiento mecánico del Estado, las Casas del Pueblo tendrían por misión devolver a España una nueva sociedad más elevada, por medio de sus trabajadores. 

El estilo directo y claro está a veces afectado en su inicio de cierta retórica decimonónica, pero según avanza claramente se manifiesta en las frases sencillas y las palabras corrientes que buscaban en el comienzo del siglo XX varios de los nuevos literatos, entre ellos Azaña. Las nuevas corrientes literarias se mezclaban con ese afán de regeneración que les hacía llevar todo escrito a una lectura comprensible y asumible, sin grandilocuencias ni vericuetos del lenguaje, otra cosa será cuando se celebre el aniversario de Góngora y comience la Generación de 1927 a funcionar, mezclándose con el surrealismo, pero eso aún no había llegado en 1911. Hay quien en lo literario considera que Azaña es de la considerada Generación de 1914, y esta generación concretamente se caracteriza precisamente por eso, por comenzar a poner en práctica en su estilo y temáticas, a menudo llamadas a la reflexión y la profundidad, como Pío Baroja (de la Generación de 1898), influidas por el regeneracionismo tan fuerte en apenas una generación anterior y en plena década de 1910 aún vigente sobre todo en lo político.

Reseña escrita por Daniel L.-Serrano "Canichu".

domingo, 14 de abril de 2019

Causas de la guerra de España

Título: Causas de la guerra de España.
Autor: Manuel Azaña.
Editorial: Crítica.
Año de publicación: 1986 (1ª edición; prólogo de Gabriel Jackson).
Género: Historia, artículos, ensayo, memorias.
ISBN 10: 84-7423-283-X
ISBN 13:  978-84-7423-283-7

El alcalaíno y presidente de la Segunda República Manuel Azaña vivió su momento de gobierno más delicado, la guerra civil de 1936-1939, muy limitado de movimientos políticos a pesar de ser el Presidente de la República, o sea Jefe del Estado. La victoria electoral del Frente Popular en febrero de 1936 había exacerbado la violencia de la extrema derecha, que en consecuencia era contestada por violencia de la izquierda, llegando a vivirse incluso atentados fallidos contra la vida de Azaña. Sin entrar en detalles de este periodo, cuando estalló la guerra civil en julio, primero con un golpe de Estado fallido y contestado en la calle por las masas obreras, en las primeras horas el Jefe de Gobierno, Casares Quiroga (de Izquierda Republicana -IR-, el mismo partido que Azaña), decidió dimitir al verse desbordado por los acontecimientos tanto por parte de los militares golpistas, como por no poder haber organizado una respuesta fuerte y haber tomado la iniciativa de la defensa los sindicatos y partidos políticos de izquierdas. Azaña, de urgencia, buscó un gobierno donde cupieran los socialistas del PSOE, por ser en esas circunstancias y con los hechos consumados, los que él creyó que podían ayudar a encauzar el fervor revolucionario de la calle dentro de los parámetros del Estado, pero ningún socialista quiso hacerse cargo. Formó, con esa urgencia, pues en multitud de pueblos y ciudades de España estaban habiendo matanzas, un gobierno formado sólo por ministros de partidos republicanos burgueses, principalmente el suyo, ya que fueron los únicos dispuestos a hacerse cargo de las circunstancias. De entre estos partidos republicanos burgueses, los conservadores se negaron. El nuevo Jefe del Estado fue Martínez Barrios, también del partido de Azaña, IR, el cual se negó a entregar armas al pueblo, que se vio en esas circunstancias en la obligación de asaltar armerías comerciales y cuarteles de las fuerzas del orden público para poder tener armamento y munición. Tal gobierno duró sólo cuatro horas. Con suma urgencia Azaña convocó un nuevo gobierno, ahora con José Giral de Jefe de Gobierno. Su primera decisión fue ordenar la entrega de armas al pueblo. Gracias a ello se salvaron importantes capitales españolas y territorios para la causa republicana, a la vez que se pudo ver algo insólito hasta el momento, que sindicalistas y partidos obreros de izquierda combatieran hombro con hombro junto a la guardia civil y al ejército, su finalidad era parar a los golpistas, salvar la democracia. El gobierno Giral duró hasta septiembre de ese año. En ese momento Azaña comprendió que sólo un gobierno presidido por socialistas era viable para contentar a los españoles leales a la República. Él deseaba que lo presidiera Indalecio Prieto, del PSOE, por considerarle el más moderado de todos los socialistas, pero Prieto no gozaba en esos momentos de las simpatías mayoritarias ni siquiera dentro del PSOE, por lo que nombró Jefe de Gobierno a Largo Caballero, también del PSOE pero venido a un ala menos moderada, más radicalizada con los acontecimientos. Como fuera, con eso había frenado que otras fuerzas socialistas entraran en un gobierno con proceso revolucionario, aunque se nombraron ministros anarcosindicalistas de la CNT, también por necesidad y por su colaboración con salvar la República, y también gente del Partido Comunista de España (PCE) y de los partidos nacionalistas. No entraremos en la Historia de la guerra civil, ya que esto es una reseña sobre un libro de Azaña. Baste decir que a principios de 1937 el gobierno decidió que el Jefe del Estado, Azaña, debía trasladarse a la más profunda retaguardia ya que los golpistas y rebeldes estaban en los arrabales de Madrid capital, en Ciudad Universitaria. Azaña fue trasladado a Barcelona, y desde ese momento su vivienda se irá moviendo entre Barcelona y Valencia, según las necesidades del gobierno. Desde allí poco podía hacer respecto a las decisiones del gobierno, aunque algunas personalidades iban a verle para pedirle opinión y de vez en cuando intervenía en actos y discursos, algunos muy célebres. Sus iniciativas políticas eran limitadas por el gobierno constituido, llegando a estar totalmente alejado y en desacuerdo incluso del gobierno que formó el nuevo Jefe de Gobierno Juan Negrín, del PSOE, tras los sucesos de mayo de 1937, con fuerte influencia del PCE. Azaña se había convertido poco menos que en un espectador privilegiado, a la par que era un líder simbólico de la resistencia republicana para amplios sectores de la sociedad republicana y principalmente para el resto de países con simpatías republicanas. En esa impotencia comenzó una depresión llena de reflexiones, algunas iniciativas, e incluso una extralimitación de sus poderes políticos cuando decidió comunicarse con el gobierno de Reino Unido para pedir directamente ayuda a la República. Su momento más célebre fue el discurso que dio en Barcelona el 18 de julio de 1938, cuando pidió "paz, justicia y perdón".

Fuese como fuese, ante la derrota progresiva de la República, el gobierno comenzó a exiliarse a Francia desde enero de 1939, especialmente con la caída de Cataluña. Azaña llegó a Francia en los primeros días de febrero. Los dirigentes que se quedaron en España le criticaron duramente, mientras cundía el desánimo y la sensación de derrota total en los ciudadanos. En marzo, con el golpe del general Casado, la poca capacidad de maniobra que pudiera tener Azaña, ya no existía. La guerra acabó el 1 de abril. Azaña estaba exiliado en Francia con su familia, dentro de una depresión y de la enfermedad. Abandonado por casi todos los políticos y dirigentes que partieron también al exilio, salvo algunos, reflexionaba y escribía sobre las causas de la guerra de España y las razones que a su juicio particular habían conducido a la derrota. A esas horas, y en los años sucesivos, otros muchos exiliados hicieron lo mismo, sólo que Azaña lo estaba haciendo desde el primer momento, como pensador, ensayista y escritor de diarios personales que era. Estalló la Segunda Guerra Mundial en agosto de 1939 y él, bastante enfermo, encontró la protección de México para que los alemanes no le apresaran. Moriría en noviembre de 1940. En ese periodo de exilio y enfermedad publicó once artículos en la prensa destinados a los lectores internacionales afines a la democracia, trataban sobre la guerra de España. Tales artículos, entre otros, fueron vueltos a publicar en la recopilación de sus Obras Completas, que salieron por primera vez en México entre 1966 y 1968, en cuatro volúmenes. Posteriormente han habido otras reediciones, con revisiones y ampliaciones, como la de 1990 ya en España, en siete volúmenes, o la de 2007, con ocho tomos en siete volúmenes, o la de 2008, de venta en paquete de libros. 

Fuera del conjunto total de su obra, aquellos once artículos fueron publicados por la Editorial Crítica por primera vez en 1986 como libro. Se llamó Causas de la Guerra de España. Era un libro muy breve, de unas ochenta páginas, en rústica, con la cubierta ilustrada con un sello donde aparece el cuadro de Goya donde dos mozos se pelean a garrotazos con las piernas hundidas en la tierra, sin poder escapar el uno del otro, condenados a pelear. Tenía un prólogo breve del historiador Gabriel Jackson, que en líneas generales hablaba de la figura de Azaña en el contexto de la Guerra Civil. Fue traducido al francés por Sylvie Koller, que lo publicó con la Universidad de Rennes. Posteriormente fue reeditado en 2002, con una ampliación de la introducción de Gabriel Jackson, llegando la obra a ciento sesenta y ocho páginas. Seguía siendo una edición en rústica, o sea: de tapa blanda, sólo que ahora estaba solapado y dentro de una colección. Su nueva cubierta contenía una fotografía y una composición alegórica.

Azaña escribió aquellos artículos de manera ordenada. Abordó temáticas de cara a un lector internacional, como ya se ha anotado, con quizá algún mensaje para algún intelectual republicano en el exilio, siendo su principal destinatario el lector con cultura política amplia, aunque su lectura era comprensible, sobre todo si se había vivido los acontecimientos. Abordaba las causas de la guerra propiamente, hablando sobre los antecedentes a la guerra a lo largo de la República desde 1931 y mencionando sucesos de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, el eje Roma-Berlín y la política de No Intervención, la intervención de la URSS y su carácter, la trayectoria de España respecto a la Sociedad de Naciones y cómo se comportó está con España, la nueva composición del ejército de la República y la necesaria integración de las milicias y la tropa no regular, la relación entre el gobierno republicano y la revolución en marcha durante la guerra, el abortamiento de esa revolución, el papel de Cataluña en la guerra, la insurrección libertaria y el eje Barcelona-Bilbao como problemas para el gobierno central, la moral de la retaguardia y las probabilidades que brindaba para la paz y la especulación sobre si España sería o no neutral en un conflicto europeo, que pronto se materializaría en la Segunda Guerra Mundial, 1939-1945.

Manuel Azaña escribió con una prosa muy clara y una buena estructura mental de cómo abordar los puntos a los que se sentía obligado a contestar ante el debate internacional sobre el fracaso de la República en la guerra, pues existía el peligro del avance fascista en el mundo. En este punto Azaña más que señalar con el dedo a ese peligro, señala con el dedo al autoritarismo como peligro, viniera como viniera, pero no es ese punto de vista el central de sus argumentos, sino que el avance de los autoritarismos se debían al fracaso de las democracias liberales. Por ello trata de explicar sobre todo cómo fracasó la República liberal que él mismo ayudó a levantar. El triunfo de lo autoritario no era por méritos de las ideas fascistas o comunistas, sino por deméritos de los organismos democráticos que no habían sabido dar respuestas válidas a las inquietudes y necesidades de sus ciudadanos.

Cuando escribe estos artículos, a Azaña le faltan tanto la documentación de Estado como sus propios papeles sobre los que trata, así como una gran cantidad de testimonios de los que hoy día, ochenta años después, nosotros sí tenemos acceso y conocimiento. Por ello mismo, muchas de sus afirmaciones no corresponden con la realidad total que hoy día conocemos, por mucho que probablemente conocía bastantes cosas que en su época no conocía la gran mayoría. Así por ejemplo, parece ignorar los postulados y puntos de vista reales de las dos grandes centrales sindicales del momento CNT y UGT, así como todo lo que se urdía de la mano de Stalin sobre las políticas internas de España. Como el propio Gabriel Jackson anota en la introducción, llama muchísimo la atención que de los sucesos de mayo de 1937 no haga ni una sola acusación a la URSS ni al PCE y por omisión trata el asunto como si ni siquiera hubiera sido desaparecido y probablemente asesinado Andreu Nin, líder trotskista del POUM, aunque con sentido del humor sí escribe que más le hubiera gustado al líder del POUM a esa fecha que escribía que le hubiera hecho más caso cuando él, Azaña, hablaba acorde a los intereses de todos y no sólo en dirección a la revolución que el POUM pedía. Tal vez Azaña se refería a Maurín, sucesor de Nin, que en esos momentos estaba preso de Franco en España. La nota con sentido del humor no deja de ser una reflexión que tendrá su parte de verdad y su parte de equivocación, pero ya sea por Nin o por Maurín no deja de ser humor macabro.

Los puntos de vista de Azaña hoy día nos podrían resultar simples y comunes, la cuestión es que su visión de los hechos ha sido probablemente la más reproducida e incluso adaptada por algunos sectores desde el primer momento del exilio hasta bien entrada la Transición y la primera mitad de los años 1980. Especialmente por los sectores moderados y por los sectores que en la Transición quisieron colaborar con el llamado Pacto del Silencio que acompañaría a la Ley de Amnistía de 1977, muy unido a la visión del pasado reciente que castigaba e inculpaba a los sectores más radicales de la sociedad y dejaba en el olvido que los llamados moderados en tiempos de guerra fueron también radicales. A partir de los años 1990 la cada vez mayor abundancia de testimonios y documentos disponibles nos ha permitir contrastar con la realidad toda esta visión y descubrir un paso no tan maniqueo, por mucho que probablemente en la época en la que escribió Azaña estos artículos la creencia general más extendida coincidiera en muchos puntos con la suya. Se habían creado puntos tópicos de encuentro común en el imaginario de españoles de los dos lados políticos y de buena parte de los extranjeros. Fuere como fuese, estos artículos nos ayudan a comprender el punto de vista de Azaña, son testimonio histórico y también nos dan luz de una forma de pensar de aquellos años, donde, además, nada más terminar la guerra todos querían explicar y explicarse en sus propios porqués.

Azaña en todo momento carga las tintas en una visión de Estado más allá de los partidismos. Al margen de sus propios ideales como republicano burgués de izquierdas, él defiende un Estado de derecho, liberal y democrático para todos los españoles, sean de las ideas que sean, el cual considera fallido por no haberse sabido explicar a los españoles cómo funcionaba la democracia. Él mismo en uno de estos artículos afirma que algunos pueblos de España, más bien aldeas, aún vivían material y espiritualmente como en el siglo XV. A esto le suma la idea de una Guerra de la Independencia (1808-1814) en cuya victoria se digirieron mal los nuevos ideales liberales y aún mantenía rémoras de pensamiento del pasado imperial. La pérdida de las antiguas posesiones españolas en América, el esfuerzo bélico en África y la distancia profunda entre las clases acomodadas y las trabajadores a costa del mantenimiento en falso de un pasado glorioso, son un suma y sigue para los problemas de la supervivencia de la República. 

Pero si hay una cuestión que Azaña analiza como fundamental para el fracaso de la República es la entrega de las clases trabajadoras a los sindicatos revolucionarios, fundamentalmente a la CNT, a la que, a juicio y a la vista de los conocimientos que hoy acumulamos, Azaña o no supo o no quiso comprender en su funcionamiento y pasos a seguir concretos. Mientras acusa de la pérdida del control del gobierno sobre territorios y zonas a defender a los sectores revolucionarios y también a los nacionalistas catalanes y vascos, pasa por alto o bien menciona implícitamente pero no explícitamente que precisamente el gobierno republicano se salva del golpe de 1936, y resiste, precisamente por el apoyo y la lealtad que le tuvieron sindicatos y nacionalistas que tomaron las calles. Ciertamente con sus programas revolucionarios, pero programas que, a pesar de que comienzan a realizarlos, los postergan o frenan para poder vencer al fascismo. Azaña sí reconoce que si algo unía a republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas y nacionalistas era precisamente el objetivo común de evitar una dictadura. Ante todo la democracia. Tal como analiza el propio Azaña, la propia CNT podría haber realizado la revolución y la guerra hasta sus últimas consecuencias en julio de 1936, como había ocurrido en otros países (probablemente se refería a Rusia), sobre todo porque el gobierno de la República estaba imposibilitado de movimientos si la gente no se hubiera echado a la calle. Sin embargo, razona, no hicieron eso, no llevaron la revolución a sus últimas consecuencias, lo que, mal que bien, era una lealtad al gobierno establecido, y contradictoriamente para sus discursos: al Estado. Aún así, para Azaña uno de los problemas fue la pérdida de autoridad del Estado a través de los organismos que fueron creando sindicatos, partidos y nacionalistas. Incluso, afirma, se dio permiso a los soldados para no obedecer a sus oficiales si estos les instaban a rebelarse contra la República, aquello sirvió para que muchos se fueran con las milicias de sindicatos y partidos. El soldado de tropa no dejaba de ser un obrero y se sentían más cómodos allí, mientras los militares profesionales necesitaban acercarse a alguna de estas organizaciones para mantener parte de su mando.  Azaña, en todo este análisis no termina de comprender que la nueva autoridad era horizontal y asamblearia, no jerárquica de arriba a abajo desde el Estado. Por ese mismo motivo, llegado a los sucesos de 1937 considera el asunto como un hecho de restauración del poder del Estado, y no como un episodio que usaron los comunistas para reprimir a sus oponentes de izquierda y apartar a la CNT del gobierno. Pero sí reconoce que tras aquello, sindicalistas y nacionalistas ya no sabían porqué luchaban si ya no luchaban no sólo por la democracia sino también por su prosperidad.

Es interesante su análisis de la situación en Cataluña y el País Vasco, pues encontramos allí muchas cuestiones que en las actuales circunstancias de 2019 encuentran paralelismos, o quizá continuidades. En sus razonamientos de ayer hay muchas respuestas del hoy a cuestiones que siguen abiertas y vivas.

Es interesante leer su percepción sobre el papel de la URSS en España. No termina de acusarla, de hecho no la acusa de nada, pero sí deja claro que él desde el primer momento sabía que no tenían nada que temer de que la URSS ayudara a una revolución en España, tal como temieron Francia y Reino Unido. Él, a sabiendas de los asesores que mandaron, del material y del modo como mandaron este, y que la propia República no había reconocido a la URSS hasta comenzada la guerra civil, sabía que la URSS lo que deseaba era contribuir a frenar al fascismo de cara a una futura guerra europea, pero sin molestar a sus posibles aliados, Reino Unido y Francia. Así ocurrió. 

Acertó también al discrepar con una gran cantidad de analistas y de otros republicanos que consideraban que quizá España podría salvarse si se prolongaba la guerra civil hasta hacerla coincidir con la previsible guerra europea en ciernes, que será la Segunda Guerra Mundial. El mayor valedor de esta tesis era el Jefe de Gobierno, Juan Negrín. Azaña, como Jefe de Estado, aunque a última hora renunció al cargo porque consideraba que su papel ya sólo era testimonial y no político dado que no tenía autoridad respetada, juzgó que la guerra europea jamás estallaría antes de que terminara la guerra civil, y que además, toda guerra europea nunca empezaría ni se enredaría por los asuntos de España. Para llegar a estas conclusiones repasa la trayectoria histórica internacional española dese el siglo XIX y las actuales circunstancias políticas europeas del momento. Se le notaba que había sido un periodista y analista que llegó a pisar los frentes de Verdún en la Primera Guerra Mundial. Efectivamente ocurrió como dijo, no por casualidad, a ochenta años de todo aquello numerosos documentos de los archivos del resto de países europeos nos confirman que Azaña sabía bien de lo que hablaba.

De igual manera, Azaña analiza el papel de la España de Franco ante la guerra europea. Repasa el fiasco de todas las naciones hacia España desde 1808 en adelante. En su visión considera que ninguna nación ayuda realmente a España porque la necesitan débil, necesitan un sur de Europa débil para los intereses de las grandes potencias europeas, tanto comerciales como estratégicos. Dentro de eso afirma, como así fue, que España apostó fuerte por la Sociedad de Naciones y su espíritu. Efectivamernte la Constitución de 1931 fue de las primeras en insertar los valores de la SDN en su cuerpo de ley. Pero llegada la guerra a España, la SDN le dio la espalda con su política de No Intervención, por los miedos de las potencias europeas acordes a sus intereses particulares de cara a un posible enfrentamiento con Hitler. Terminada la guerra se había especulado si Franco intervendría a favor de Alemania en una guerra europea, pero Azaña, contrario a muchos analistas de su tiempo, analizó cómo había quedado España, cuáles eran las posibilidades de Franco materialmente y cómo estaba la moral de los españoles tras la derrota de marzo de 1939, con todo eso Azaña afirmaba sin dar lugar a duda de que España nunca entraría en la guerra porque se apostaría todo a la reconstrucción con la finalidad de que el régimen de Franco perviviera. Acertó.

Azaña tenía tomado el pulso a la sociedad española. Conocía bien el carácter general ignorante de los grandes asuntos, pero capaz de opinar y de discutir por todo en la idea de llevar razón a toda costa. Conocía también la forma de ser poco dada a una disciplina y entrega total a la idea común y las parcelas de poder de numerosos intereses, no sólo sindicales y de partidos y nacionalistas, también de los burgueses, los latifundistas, la Iglesia, etcétera, todos tirando hacia su lado y muy pocos queriendo construir algo común, como era el ideario de una República. Sin embargo, no termina de entonar la autocrítica hacia el propio gobierno republicano. Llega a alabar la reforma agraria, la cual conocemos bien que había sido parada y fracasada, dejando a mucho jornalero descontento y ayudando a muchos latifundistas a agrandar sus tierras, a pesar de que se buscó lo contrario. Quizá a la visión de Azaña le falla precisamente el no reconocer que el gobierno de la República había cometido fallos, del mismo modo que donde él ve falta de autoridad y autoridad socavada, había otro tipo de autoridad que de un modo u otro legitimaron su gobierno. No obstante, él fue presidente hasta el final, nadie le depuso a él, ni se eliminó las Cortes, ni se acabó con la Constitución, ni invalidaron las leyes. Todo lo contrario.

Dentro de los autores complutenses, Azaña, como gran ensayista y pensador, nos legó a última hora estos artículos, siempre interesantes de leer. Se le conoce en ellos aún con todo como una persona que lamenta no haber podido ser escuchada más, pues ahí radica que él crea que no pudo ser integrador. Aborreció la guerra, pero la explicó bajo su punto de vista como una extensión de la política que se había vivido en España y, sorprendentemente, ni una sola palabra para continuar el enfrentamiento entre españoles, sólo palabras para explicar las cosas con un único afán: reconocer errores para reconciliar a España. Quizá estos artículos ahondaban en aquella idea suya de paz, piedad, perdón.

Reseña escrita por Daniel L.-Serrano "Canichu".

martes, 4 de diciembre de 2018

El jardín de los frailes

Título: El jardín de los frailes.
Autor: Manuel Azaña.
Editor: Compañía General de Artes Gráficas.  Madrid. 
Impresor: Compañía General de Artes Gráficas.  Madrid.
Año de publicación: 1926. (1ª edición)
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Título: El jardín de los frailes. 
Autor: Manuel Azaña.
Editorial: Ediciones El País.
Año de publicación: 2003 (1ª edición).
Colección: Clásicos del siglo XX. 
Nº de volumen en la colección: 31.
Género: Novela.
ISBN 10: 84-89669-93-7
ISBN 13: 978-84-89669-93-2  

Manuel Azaña Díaz (1880-1940) es otro de esos grandes escritores que ha dado Alcalá de Henares. Si Miguel de Cervantes era el más ilustre del llamado Siglo de Oro de las Letras españolas, el XVI-XVII, Manuel Azaña pertenece al que se llamó Siglo de Plata de las Letras españolas, el XX, que en realidad fueron unas décadas más o menos de la Generación de 1898 a la Generación de 1936. Bien es cierto que Manuel Azaña es más recordado y ha pasado a la Historia por su contribución política, en la que llegó a ser ministro y presidente de la Segunda República en la década de 1930, gobernando con el más alto cargo en la delicada época de la guerra civil de 1936-1939. Sin embargo, Azaña también tiene una rica trayectoria literaria donde se le reconoció como uno de los mejores prosistas del momento, si bien el ensayo y la reflexión es su mayor fuerte. Azaña murió en el exilio en Francia, en Montauban el 3 de noviembre de 1940. Desde entonces ha sido un personaje censurado y denodado durante la dictadura franquista, y recuperado, pero con muchos pasajes de su obra en el olvido desde los años 1970, los de la Transición a la democracia en la actual monarquía parlamentaria. En esa recuperación aparece también su recuerdo como escritor más allá de como político.

Los Azaña son una familia netamente alcalaína cuyos nombres aparecen en los archivos y la Historia local desde el siglo XV-XVI hasta la actualidad. En su haber tienen varias generaciones de escribanos, notarios y políticos, así como de empresarios locales y cuenta con una rama familiar más dedicada a oficios más sencillos. Manuel era hijo de Esteban Azaña, que fuera alcalde de la ciudad en la década de 1870 por el Partido Liberal, con la Restauración de la monarquía en la persona de Alfonso XII, aunque Manuel  de niño viviría la muerte de su padre. En un principio Manuel se dedicó al periodismo, empezando con un periódico local llamado La avispa del Henares, al comienzo del siglo XX. De ahí pasó a otros periódicos y ensayos. Llegó a visitar los frentes de combate de la Primera Guerra Mundial en Verdún. Se le suele encuadrar dentro de la llamada Generación de 1914, aunque hay quien le quiere meter en la Generación de 1927. Discrepó con la dictadura de Miguel Primo de Rivera en los años 1920 y se definió y posicionó claramente como republicano, fundando su propio partido político, Acción Republicana, con el cual en 1931 comenzó a ocupar altos cargos de gobierno, sin dejar de escribir diarios personales, discursos, ensayos, novelas y obras de teatro. En 1934 fundaría otro partido, Izquierda Republicana, con  el se uniría a la coalición de partidos Frente Popular y ganaría las elecciones de febrero de 1936, siendo nombrado jefe de Estado como presidente, cargo con el que vivió la guerra civil iniciada en julio de ese año. Exiliado desde enero de 1939 y con la guerra acabada oficialmente el 1 de abril de ese año, murió en Francia en 1940 acosado por los nazis alemanes en la Segunda Guerra Mundial y amparado diplomáticamente por México en medio de su enfermedad letal.

Entre 1921 y 1922 publicó por entregas en el periódico La Pluma su novela El jardín de los frailes, que es con la que en la reseña de hoy introducimos a Azaña en Las notas de los cíclopes libreros. Siguió escribiendo y publicando de tal modo que ganó el Premio Nacional de Literatura en 1926 por Vida de don Juan Valera. Según la anotación de la Asociación de Arte Gráficas sería entonces, 1926, cuando se decide publicar en libro El jardín de los frailes. Como se puede ver no es novedoso, a pesar de que nos digan que sí, que una publicación por entregas públicas (hoy día en Internet) termine siendo editado en libro. Y que los autores por entregas crezcan por ese medio y terminen siendo reconocidos. Sea como sea, a pesar de la anotación de la época de que aquel libro salió en 1926, se difundió en 1927 y por lo general se afirma que fue publicado en 1927 como libro por primera vez.

El libro ya fue vuelto a editar en el fatídico año de 1936 por la editorial Espasa-Calpe, de una manera más sobria, prescindiendo de la ilustración arquitectónica que contenía la edición anterior. Luego, el silencio. De Azaña se recordaron desde el exilio sus cuestiones políticas, lo referente al recuerdo de sus escritos comenzó a centrarse en sus discursos, sus diarios y sobre todo en su último libro, La velada en Benicarló. En 1966 se editó de nuevo El jardín de los frailes en México, aunque con tal título había habido una publicación en Los cuadernos de poesía de El Escorial, editado en Madrid en 1950. Como sea, el libro no se volvería a reeditar correctamente en España hasta 1977, por la editorial vasca Albia. A partir de ahí ha tenido otras reediciones, aunque pocas. No es el libro más obvio ni el más recordado de Azaña, aunque en los últimos años se ha recuperado y revalorizado mucho. Una de las ediciones más recientes que más justicia le hizo fue la que realizó el periódico El País en 2003 dentro de su colección Clásicos del siglo XX. Contenía tapas duras y un diseño acorde con el resto de libros de la colección. Aparece en la portada un Azaña dibujado de niño de espaldas contemplando la nada del blanco de la cubierta. La calidad del papel puede no ser muy buena, pero es quizá la publicación que más ha ayudado en la actualidad a su difusión y conocimiento, tanto por su bajo coste, su aspecto aparente con la tapa dura y su aparición en un periódico de carácter estatal y de los más vendidos.

Esta novela es en cierto modo autobiográfica. Azaña recuerda aquí su infancia y juventud como estudiante en un colegio religioso de agustinos en El Escorial. Previamente habla de su etapa en Alcalá de Henares y nos da datos por ejemplo del abandono en su mantenimiento de la calle Santiago, o del ambiente social mortecino que él apreciaba en su vivencia. En este libro narra el despertar del niño en su aprendizaje, relatando tanto su curiosidad sexual, como sus primeras críticas a la educación religiosa. Con este libro Azaña comenzó a dejar clara de manera pública su creencia en la necesidad de limitar los poderes de la Iglesia en la sociedad para poder avanzar y progresar.

Es un relato de prosa clara y muy expositiva de reflexiones a raíz de circunstancias que le ocurren al protagonista y su grupo de compañeros de aula. En esta autobiografía hecha novela Azaña demuestra su oficio como escritor, previo y también compatibilizado con el de político. Tiene un estilo directo que no deja espacio a fórmulas enrevesadas. En cierto modo, esta novela le servía a la vez de trampolín para comenzar a propagar algunas de sus ideas para mejorar la sociedad de la época, tales como llevar el laicismo al gobierno y al orden constitucional, o tales como mejorar la educación y ponerla controlada por el Estado. Pero a la vez es un relato testimonial de cómo podía ser la vida para un joven de una ciudad de provincia venida a menos, casi convertida a la forma de vida rural, y que vivía de sus recuerdos sin lograr levantar cabeza. Con esos ojos se va descubriendo un mundo nuevo y restrictivo en El Escorial en comparación con la vida moderna y de progreso que se vivía en las grandes capitales. La confrontación de ese contraste es el que nos hace descubrir un Azaña no exento de un sentido del humor sutil, sarcástico, irónico, que detecta los que considera males de la sociedad española y los pone de relieve para tratar de sumar a los lectores en la sensación de necesidad de acabar con lo pernicioso para crear algo nuevo, fundamentalmente basado en la necesidad de una renovación y reforma total del sistema educativo español. El cambio de las mentalidades para el cambio y la mejora de la sociedad.

Reseña escrita por Daniel L.-Serrano "Canichu".