Autor: Julián Vadillo.
Editorial: Almuzara.
Género: Historia.
ISBN: 978-84-10528-45-1
Vadillo aceptó la propuesta de Almuzara aguijoneado por algunos puntos de vista del anterior libro de 2023 que, escritos por sus colaboradores, necesitaba matizar, así como tras oír un programa de radio que combina Historia y humor que trataba la Primera República y los cantones con todos los tópicos de caos que le adjudicó la derecha desde la dictadura de Serrano y más especialmente desde Cánovas del Castillo en adelante. Como afirma el autor, la Primera República no fue algo sobrevenido de la nada, ni algo improvisado. Ya desde la década de 1820 aparecen republicanos en España, si bien es desde la década de 1850-1860 cuando empiezan a crecer cada vez más, y que, unida esta tendencia a las ideas socialistas, hará que para el Sexenio Revolucionario iniciado en 1868 exista una amplia mayoría de diputados republicanos que tras la abdicación de Amadeo I de Saboya en febrero de 1873 hagan que se apruebe de manera total la proclamación de la República. Aparte, desde aquella década de 1850 habían comenzado en España numerosas sociedades y asociaciones que expandían las ideas republicanas y trataba de educar y dar a ver a los ciudadanos sus derechos y las posibilidades que les daría un nuevo sistema que diera igualdad en muchas de las cuestiones sociales, laborales e, incluso, sexuales, dentro de las mentalidades del siglo XIX.
La rebelión cantonal fue prologado por Eduardo Higueras, profesor de la Universidad Nacional Española a Distancia (UNED) y especialista en el movimiento republicano español en el siglo XIX. Julián Vadillo dice en sus palabras introductorias que el texto original fue leído y repasado por el mismo. Así también contó con asesoramiento del profesor en Historia Juan Pablo Calero Delso, igualmente especialista en movimiento obrero, con quien dice que tuvo diversas conversaciones que le fueron útiles para el resultado final. Precisamente la mayoría de las imágenes contenidos en la obra son de los archivos personales tanto de Calero Delso como de Vadillo. Y fue Calero Delso quien estuvo en la presentación del libro junto a Vadillo en Alcalá de Henares, a la vez que el presidente de la Asociación para la Recuperacón de la Memoria Histórica en Alcalá de Henares.
La Primera República, ocurrida entre 1873 y 1874 con una duración aproximada de un año, ha sido denostada prácticamente desde su origen. Se ha pretendido presentarla como un acontecimiento político improvisado, llena de caos y desorden. Ya se ha indicado que en realidad la opción republicana fue creciendo entre los españoles a mediado del reinado de Isabel II. Se había ido fomentando una cultura democrática republicana que lentamente iba adquiriendo representantes políticos. Cuando Isabel II abandona España en 1868 estas opciones adquieren más fuerza mientras el general Prim trata de encontrar un candidato idóneo para ser nuevo Rey de España. Esto entronca por un lado con los intereses internacionales de otros países europeos, y por otro lado con la introducción de los ideales de las corrientes de pensamiento obrero, en las diferentes vertientes socialistas que a grandes rasgos estaban en su mayoría divididas entre comunistas seguidores de Marx y anarquistas seguidores de Proudhon pero, a esas alturas, más cercanos a Bakunin. Las ideas y conflictos de la Primera Internaconal llegaran a España, y con ellas las ideas anarquistas y socialistas, que en algunos puntos coinciden con las ideas republicanas. A todo esto se produce la Comuna de París de 1871, y muchos comuneros de París huirán a España de su represión en Francia. Estos influirán en los ideales de federación y de lo que serán los cantones. Por lo que la cuestión española está plenamente afectada de los acontecimientos internacionales, toda vez que otros lugares del mundo se afectaban igualmente de algunas de las cuestiones por las que se ha denigrado a la Primera República Española, como pueda ser la guerra civil y el abolicionismo en Estados Unidos, diferentes gobiernos breves en Francia y cambios de régimen, el intervencionismo militar en el gobierno en Alemania, las corrientes socialistas en Italia, etcétera.
Prim fue asesinado y fue nombrado Amadeo I de Saboya rey de España, el cual sufrió diversos atentandos y una imposibilidad de gobierno por las posturas irreconciliables de los políticos, incluidos, y principalmente, los propios monárquicos. Esto hizo aumentar la opción republicana y su número de representantes elegidos electoralmente cuando en febrero de 1873 se proclamó la República tras la abdicación de Amadeo I. El nuevo gobierno, con Zorrilla de presidente ocasional inmediatamente sustituido por Figueras, heredaba de la etapa anterior una guerra civil con los monárquicos carlistas y otra guerra de tintes independentistas en Cuba y rebeliones en Filipinas, así como roces tensos con Estados Unidos por su apoyo a los independentistas cubanos. Así pues, como indica Vadillo, buena parte del caos adjudicado a la República venía en realidad de la etapa monárquica anterior mal resuelta desde finales del gobierno de Isabel II. Figueras, en todo caso, afrontó la crisis económica derivada de lo anteriormente dicho y el intento de proclamación de Cataluña como Estado, al interpretar las ideas federales de ese modo, cosa que se evitó disolviendo el ejército en Cataluña. Le sucedió Pi i Margall, quien era el que más peso intelectual tenía en las ideas republicanas, influido por el anarquista Proudhon, sin ser él anarquista, y desarrollando lo que era las ideas federales de organización del Estado, desde abajo (la familia, los municipios) hacia arriba (las provincias, las diputaciones, el gobierno central). Pero a la vez había otras figuras importantes en la política de entonces, como Barcia, que también entendía la federación aún más allá de Pi i Margall, pues mientras el presidente entendía la dirección desde el gobierno central, Barcia entendía que este debía ser sólo coordinador de las decisiones que se tomaran desde las bases de la organización del sistema. A la vez aumentaban las ideas socialistas (ya marxistas o anarquitas) que aunque coincidían en la República como sistema más apto para lograr políticas favorables a los obreros o a alcanzar sus objetivos de revolución social. Los exiliados franceses de la Comuna de París influyeron en los republicanos federales más radicales, así como las personas de las diferentes corrientes socialistas (por cierto que Pi i Margall coincidía mucho en estas corrientes, por lo que inició varias políticas favorables al mundo obrero). Así es como en el verano comenzaron a proclamarse los cantones por la geografía española, no como actos de independencia, sino como intento de crear una federación española al estilo de la de Suiza, la alemana, la estadounidense y otras.
Pi i Margall dimitió por ser contrario a la extrema dureza de la represión contra cantonalistas, a pesar de que él hubo de recurrir a militares monárquicos para hacer frente a varios cantones. Militares como Pavía o Martínez Campos. Le sucedió Nicolás Salmerón, que dimitió apenas algo más de un mes después por negarse a firmar penas de muerte. La guerra cantonalista se unía así a las otras guerras. Pasó a ser presidente Emilio Castelar, que ante la fuerte división política que hacía imposible llegar a aprobar leyes en el Parlamento porque el número de diputados de unos y otros lo impedía a la hora de votar a favor algo, gobernó principalmente por decreto y optó por la dura represión a los cantones que quedaban, en especial Cartagena, Alicante y Cádiz, aunque había otros. Su gobierno acabará a comienzos de 1874 con un golpe de Estado del general Serrano que no proclamará la monarquía, sino que seguirá la República en forma de gobierno de dictadura. Serrano reprimió a unos y a otros, incluidos los republicanos federales, que fueron interpretados como separatistas en lugar de personas cuya idea de España era una organización de gobiernos territoriales que juntos formaban el central. Sea como sea, otro golpe de Estado, el de Martínez Campos, acabaría todo esto y proclamaría la monarquía en la figura de Alfonso XII de Borbón, principalmente apoyado por el conservador Cánovas de Castillo, que ideo una monarquía parlamentaria cuyas elecciones resultaron ser bastante alteradas par garantizar un turno de los tiempos políticos entre derecha e izquierda según conviniera, siendo la izquierda representada por Sagasta, el cual era monárquico. La represión contra los republicanos fue alta en un principio, y sobre todo contra los cantonalistas, federales y las diversas corrientes del socialismo, socialismo que, por otra parte, contenía en sí las corrientes feministas más aceptadas en España por las mujeres, a diferencia de los movimientos sufragistas de otros países, aún cuando hubo sufragistas en España.
Fue Serrano primero, y Cánovas del Castillo casi enseguida tras él, quienes desarrollaron la idea de la República como caos, y la de España como lugar imposible de buen gobierno si no se hacía desde un gobierno central lleno de fuerza. La Iglesia se posicionó en estas ideas, toda vez que la República había apoyado la libertad de culto y de credo, así como intentó crear escuelas públicas al margen de la Iglesia y proclamó la separación entre Estado e Iglesia. La monarquía de Alfonso XII actuó todo lo contrario en motivos religiosos. El intelectual Menéndez Pelayo, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX contribuirá más en fomentar estas ideas. Es en ese comienzo del siglo XIX que muchas ideas republicanas confluirán con algunas de las socialistas, y al revés, así como la idea de federación cuajará tanto entre republicanos como en socialistas. De la etapa federal republicana evolucionará el regionalismo y las ideas de autonomías. Ideas que más adelante, en el último cuarto del siglo XX, dará la idea de España de las Comunidades Autónomas, en la que hoy por hoy vivimos sin que ello suponga ni ruptura de España, ni caos, ni desorden. Sea como sea, la Dictadura de Primo de Rivera en la década de 1920 justificará su gobierno de fuerza precisamente como falsa idea de orden frente al caos que, según ellos, supone, dar la oportunidad de voto de los españoles en las cuestiones que consideraron fundamentales.
Sólo la Segunda República de la década de 1930 tratará de restaurar la memoria de la Primera República poniendo en valor algunas de sus aportaciones más positivas para la democracia, como por ejemplo la igualdad entre mujeres y hombres, las leyes de derechos laborales, el abolicionismo de la esclavitud, la eliminación de formas de gobierno coloniales, el regionalismo como heredero de la federación, la libertad de prensa y de expresión, la educación laica, el sufragio, la separación entre Iglesia y Estado, entre otras. La guerra civil y la dictadura del general Franco hasta 1975 acabará con todo esto y volverá a la idea de la República y el sufragio para elegir gobiernos como algo dañino y perjudicial para España, así como la idea de regionalismo como algo equivalente a independentismo y ruptura. Aunque con la Transición democrática de la segunda mitad de los años 1970 se comenzó a recuperar la memoria de la Segunda República, de la que la nueva monarquía parlamentaria acogería mucho de su forma de ser, pero sin mencionarlo de manera explícita, hurtando en los cursos escolares de las décadas de 1980 y 1990 su enseñanza, por falta de tiempo escolar, pues sí estaba en los temarios educativos, un siglo casi entero de educar a la gente en la idea de una Primera República como caos y desorden hizo que esa idea siguiera vigente incluso entre las personas de mentalidad de izquierdas y republicanos en general. Sólo en los últimos años se comienza a analizar ese periodo de un modo más ajustado a la realidad, aún sin negar todos los conflictos abiertos de la época, muchos heredados de la etapa monárquica precedente, como se ha dicho. Vadillo da un paso en este sentido con este libro.
Los cantones fueron una experiencia de democracia directa y asociacionismo que, en alguna ocasión coincidió con ideas socialistas y con ideas que posteriormente serían parte del regionalismo. No planteaban el desmembramiento de España, como se ha afirmado desde su final, sino una organización del Estado nueva donde la importancia fuera de los municipios al gobierno central y no del gobierno central a los municipios. Los votos en asambleas que abarcaran cada vez territorios mayores serían los que hicieran que el gobierno se hiciera gestor y no tanto director. Sería lo que remotamente, se insiste, ha evolucionado a las ideas de provincias, en algún caso diputación, comunidades autónomas y gobierno central.
Fue en los cantones donde se debatió el final de la esclavitud, el trato a los territorios de ultramar como lugares en igualdad al resto de España, y no con leyes que puedan ser coloniales, se debatió sobre la igualdad de sexos y se dio voz política a la mujer, se hablaron de derechos laborales como los de trabajar sólo ocho horas al día, regular el trabajo de niños y mujeres o tener derecho a pensiones, se habló de la educación obligatoria para todos y también de la separación Iglesia-Estado, del derecho a la libertad de expresión y, en fin, otra serie de cosas que hoy por hoy nos son algo común. Sin embargo, es innegable que los cantones fueron reprimidos por la fuerza, lo que provocó la guerra cantonal que se sumó a la guerra carlista y a la guerra en los territorios de ultramar. Las situaciones de guerra son en todo caso indeseables.
Vadillo apunta en este libro a todo ello y pone su foco de manera innovadora a la situación de la mujer, el panorama internacional y la cuestión colonial como factores que otros autores no han profundizado como algo relevante en el periodo. Por ello, aunque el libro es de divulgación, es también un libro que aporta nuevas visiones a tener en cuenta y a sumar.
Reseña escrita por Daniel L.-Serrano "Canichu".

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