sábado, 11 de abril de 2026

Fresdeval

Título: Fresdeval
Autor: Manuel Azaña.
Editorial: Pre-Textos.
Año de publicación: 1987 (1ª edición; edición y notas de Enrique de Rivas; introducción de José María Marco).
Colección: Letras Hispánicas. 
Nº de volumen en la colección: 83.
Género: Novela; Filología; Ensayo.
ISBN: 978-84-85081-84-6
 
Manuel Azaña en sus últimos tiempos, ya exiliado, enfermo y recluido en Francia bajo el amparo del gobierno mexicano para que no fuera atrapado por los nazis alemanes en plena Segunda Guerra Mundial, tiempos en los que le ha de sorprender la muerte en 1940, se había ocupado en escribir lo que la enfermedad y la depresión le dejó. Entre aquellos escritos se ocupó de una novela suya inacabada que escribía a mano desde hacía muchos años y de vez en cuando, lo que más le convencía como acabado, mecanografiaba. Se trataba de una novela que recibió por título Fresdeval. Se le ocurrió escribir una historia con tal nombre cuando fue de visita turística al Valle del Fresdelval, donde hay un monasterio que conserva dos lápidas de un matrimonio visigodo. El viaje lo hizo en 1926, siendo ya un literato reconocido y famoso, antes que un político. Viajó con su cuñado Cipriano de Rivas Chérif, que fue quien recordó la anécdota, pues le vio tomar notas y supo del impacto en él de aquellas lápidas porque en los años siguientes hablaba de componer una historia de un linaje venido a menos cuyos antepasados más afortunados tuvieran aquellos nombres visigodos. A vueltas del nombre de Fresdelval fue cambiándolo hasta dejarlo en Fresdeval, porque el espacio geográfico de su obra, y muchas de las gentes y sucesos narrados, era en realidad su ciudad natal, Alcalá de Henares. Le ayudaba en parte la zona de El Val para apoyar el nombre de Fresdeval, que sería el nombre ficticio que le daría a la ciudad de su novela. No obstante, ya había hablado de Alcalá en su novela El jardín de los frailes (1926).
 
En 1930 ya tenía iniciada la escritura de la novela, pero el levantamiento de Jaca intentando proclamar la República, en el que no participó, aunque le llevó a reclusión, paralizó esa actividad un poco, aunque se piensa que pudo avanzarla en su estado recluido. Como sea retoma la escritura en cuanto es liberado, pero en seguida es de nuevo interrumpida cuando al proclamarse la Segunda República, en abril de 1931, se implica tan profundamente que acaba siendo Ministro y después Jefe de Gobierno, pero sobretodo uno de sus impulsores e intelectuales. Perder los cargos en 1933 al haber perdido las elecciones no le aleja de la política, pero sí le descarga de ciertas obligaciones y eso permite reanudar esa novela... que volverá a interrumpirse en octubre de 1934 al producirse la huelga revolucionaria. A pesar de que él no había participado, intervenido, ni animado, fue llevado a la cárcel junto a otros líderes de izquierdas, que se beneficiaron de una amnistía general a comienzos de 1935. Quedará imbuido en toda la ajetreada política de ese año que le llevarán a participar de la formación del Frente Popular, que ganó las elecciones en febrero de 1936 y le pondrá a él como Jefe de Estado, o sea: Presidente de la República. Como es sabido el ambiente político enrarecido (él mismo sufrió varios atentados contra su vida en esos pocos meses) llevará al golpe de Estado fallido en julio 1936 por parte de la extrema derecha y los ultracatólicos. Su posición de Presidente le mantiene muy ocupado en todo esto, hasta que se da cuenta que todo lleva al descontrol y las principales órdenes y organización de la guerra se le escapan de las manos. Se lanza a escribir en 1937 La velada en Benicarló, que aún retocaría un poco, muy poco, en 1939, de cara a su publicación en Argentina. Pero a la vez, parece ser, retomó una ya casi acabada Fresdeval, casi acabada más o menos cuando quedó interrumpida en 1934. Y aún así, pese a estar casi acabada, no logró acabarla. La enfermedad y la muerte lo impidió definitivamente en 1940. 

Muerto Azaña y socorrida su familia por México, los alemanes entraron donde vivían en Pyla-sur-Mer y encautaron sus papeles. Los nazis de la Gestapo tomaron nota de toda aquella documentación, sin saber muy bien qué era aquel escrito y fue entregada al gobierno del general Franco. Entretanto, la familia de Azaña había logrado llevarse parte de los escritos de él y por ello mismo en 1966 se pudo publicar lo que se consideró las obras completas, donde destacaron sus diarios. Entre ellas el mundo pudo conocer y saber de la existencia de esta novela inacabada, que se incluía dentro del conjunto de aquella publicación. Aquellas obras completas estaban muy incompletas. Se han ido completando a lo largo de las décadas hasta la fecha de hoy. En cuanto a la novela Fresdeval, la sorpresa apareció en 1984 cuando la policía nacional de España encontró de manera fortuita en sus archivos buena parte de los manuscritos de Azaña, que venían a completar todo lo que le faltaba. Dentro, insistimos, de que la obra está inacabada. En 1986 se pensó publicarlo. Prácticamente habían pasado diez años de la muerte de Franco, por lo que eran diez años de transición y democracia, pero también habían pasado cincuenta años desde el comienzo de la guerra civil.

Dolores de Rivas Chérif, viuda de Azaña, aún viva, pero muy anciana, aún residente en México, recibió los derechos de autor como heredera de su esposo. Fue ella la que permitió a la editorial Pre-Textos hacer la primera edición con toda la obra ya reunida y completa hasta donde se podía. No obstante, de esa edición se iba a encargar el poeta Enrique de Rivas, su sobrino, hijo de Cipriano de Rivas Chérif. Iba a tener por tanto un tratamiento especial, intelectual y exhaustivo dentro de los conocimientos de la familia. Colaboraron económicamente el Ministerio de de Cultura, por entonces ya con gobierno del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el ayuntamiento de Alcalá de Henares, gobernado por el mismo partido. De hecho, Alcalá de Henares también aportó su archivo y sus intelectuales, entre ellos alguno emparentado con políticos locales. Nombres con mucho peso en las instituciones culturales del ayuntamiento hoy día, José María Nogales (ligado a las bibliotecas alcalaínas), Vicente Sánchez Moltó (por entonces historiador, hoy cronista y responsable del archivo municipal), Concha Villadangos, José Félix Huerta, Félix Huerta Álvarez de Lara, José María San Luciano (historiador en activo aún), Mercedes García Márquez y, en general, todos los funcionarios del Archivo Municipal de Alcalá de Henares. 
 
Enrique de Rivas aportó documentación familiar, notas y recuerdos, además de algunos análisis, y de ser él quien, tras estudiar todo, recompuso la obra acabada con las notas, y consideró las partes definitivas, componiendo él la estructura lógica de una novela que se puede leer casi entera y se intuye el final a través de las notas (que por cierto dejan cierto margen de finales posibles a pensar). Pero la labor más filológica, una parte de ensayo entre la Literatura, la biografía y la Historia, un análisis filológico, incluso toda una investigación profunda de la Alcalá de Henares de finales del siglo XIX y comienzos del XX, en sus aspectos y sucesos sociales, fue encargada a José María Marco, que hizo una labor impecable en este sentido. Es una obra crítica muy completa. Incluye no sólo estos análisis, las notas y la obra en sí con sus variantes, contiene también la reproducción ológrafa de varias de las páginas escritas por Azaña que se hallaron en 1984, fotografías y hasta un plano de Alcalá de Henares para que se pueda ver la más que evidente equivalencia en calles y en nombres entre Fresdeval y Alcalá. La obra se publicó en 1987. Posteriormente no hay otras ediciones, salvo en obras recopilatorias, como las obras completas reeditadas, o un conjunto de escritos que editó no hace muchos años, tal vez a finales de la década de 2010, el ayuntamiento de Alcalá de Henares. Fresdeval por sí misma tiene su edición en 1987 y quizá espera si alguien más hará otras ediciones futuras.

Antes de comenzar a hablar de la obra en sí, hay que comentar que Azaña hace como su padre, Esteban Azaña, hizo en su novela Ludivina (1879), y también como hizo Francisco García Cuevas en su también novela Villafeliz o el paraíso perdido (1910), encubre Alcalá de Henares, sus calles, gentes, políticos y hasta sucesos reales bajo el nombre de una localidad inventada, pero claramente identificable. Quizá en la novela de Azaña se da el caso físicamente claro que se trata de la ciudad, sobre todo porque incluso hay nombres que quedan iguales. El caso de las personas reales que aquí pasan por personajes ficticios, en el caso de Esteban Azaña y de García Cuevas, estas son identificables a través de un estudio de sus políticos y caciques locales de la época, que arrastran a los nombres de personas más comunes pero activas socialmente y localizables tras investigar en hemeroteca. En el caso de Azaña hay que recurrir también a hemeroteca, pero sobre a los documentos de archivo, especialmente a los judiciales y notariales, pero, aún así, lanza para la gente de su época un claro guiño de quién es quién, pues si bien altera los nombres reales, deja los motes reales, por lo que si a alguien se le escapa la identificación, Azaña la deja clara con el mote. Azaña va más allá. Recurre a incluir en el relato de ficción sucesos reales en Alcalá de Henares de finales del siglo XIX y comienzos del XX, alguno de ellos los conocería por las laborales políticas y notariales de su familia, y otras desde su propia niñez y juventud. Así, sale un asalto a una finca en el Campo del Ángel y el Chorrillo, un incendio con motín en la prisión, y diferentes rumores que marcaron a varias familias.

Entre los rumores que salen repite uno que es el eje central de la novela de su padre, aquel en el que un hermano y una hermana de una familia pudiente  mantienen una relación amorosa sin saber previamente que eran hermanos. Ya se comentó con detalles en Ludivina, junto a la relación que esto tenía con Esteban Azaña y las maledicencias vecinales. Manuel Azaña lleva el incesto a un doble incesto, el de una hermana y un hermano que no saben que lo son y el de una tía con su sobrino, ambas relaciones dentro de la misma familia en diferentes generaciones, que es parte de lo que excita e incita a los personajes de la novela a apasionarse hasta lo turbulento, dentro de las lógicas de las pequeñas urbes, casi pueblos, donde las cuestiones de honor siguen vigentes aún cuando los tiempos están cambiando. Manuel aún le da más espacio a la novela de su padre en la suya, pues igualmente enfrenta en estos amoríos a una familia ultraconservadora por ser carlista, con otra familia que es liberal hasta el punto de haber acogido en su casa al general Espartero.
 
Fresdeval se desarrolla a lo largo del siglo XIX y tal vez llegaría a las puertas del comienzo del siglo XX. Azaña había llegado a anotar las fechas de muerte de cada personaje y esas nos dan la pista de que se buscaba eso. Es la historia de una saga familiar poderosa en una pequeña ciudad. La cual está enfrentada a otra. Hasta cierto punto pareciera que Azaña trata de emular las novelas con ubicación y personajes históricos de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, y, dentro de esto, darle un estilo parecido al de Ramón J. Sénder, ambos contemporáneos de él. Algunos de los sucesos de la saga familiar a lo largo del siglo XIX son crudamente reales, pero, de extraños, parecen fantásticos, por lo que salvando mucho las distancias, parece anticiparse a Cien Años de Soledad (1967) de Gabriel García Márquez, pero no tiene esa frescura. Se adelanta en la idea, no es cómo la narra y lo que narra.

Todo parte de una enemistad entre los Anguix y los Budía, nacida de sus posesiones y poderes en la ciudad, pero sobre todo de la Guerra de Independencia de 1808-1814. La familia más terrateniente es la más conservadora y abraza la monarquía absoluta. La familia que se decanta por trabajos liberales es precisamente eso: liberal, y abraza el constitucionalismo. Aunque la base de sus problemas nace aquí, su enemistad total parte de los actos violentos que una familia toma sobre otra en el Trienio Liberal de 1820-1823. A la muerte de Fernando VII, unos serán carlistas y otros liberales isabelinos. Las guerras carlistas marcarán la ciudad y les hará ir y venir a ambas familias, quedando mejor posicionada la liberal. Con el reinado de Isabel II se verá muy libre de hacer negocios, por ejemplo en torno al ferrocarril, al cual aborrecen la otra familia, que se refugia en el catolicismo mientras ve menguar sus tierras a costa de las expropiaciones y de que los negocios fabriles tomaban el relevo a los grandes ganados. Siguiendo el contexto político, El Sexenio Revolucionario será otra vuelta de tuerca que hará que la familia conservadora busque refugio en la liberal cuando deciden irse al exilio, pues le piden que les guarden su dinero hasta que regresen. Aceptan como caballeros. Uno de los descendientes de la familia se hará republicano en 1873, pero reinstaurados los Borbones en 1875 la novela aún desarrolla algunos capítulos turbios entre los descendientes, pero que quedan interrumpidos y ya sólo queda leer las notas que dejó Azaña. Una deuda no pagada por robo de un tercero posible, un ajuste de cuentas asaltando una casa, un crimen pasional por rencillas de lucha de clases cuando los obreros de estos ya no soportan a los amos...

En la línea no política nos encontramos con unas tres o cuatro generaciones en las que las más prósperas son las más antiguas, con nombres visigodos, y cuya riqueza material y moral se va mermando poco a poco con el cambio de los tiempos y los acontecimientos del siglo XIX. Las relaciones entre los jóvenes de las familias crean hasta dos incestos en diferentes generaciones, ya comentados. Un personaje llega a bromear que las mujeres de los Anguix no conocen hombre, les basta con estar en casa para tener descendencia. Pero igualmente tenemos tanto un joven bastardo obligado a vivir cuidando el campo, cuando en realidad se ha hecho autodidacta y tiene amplios conocimientos poéticos. La deuda no pagada, el robo cuyo artífice no se conoce, una posible rencilla de clases sociales y de enemistades rurales, llevan a un asesinato que enrarece el pueblo, pero también está el intento de ascenso político durante el turnismo de Alfonso XII, y aparece Cánovas del Castillo burlándose de uno de ellos. Incluso el rey aparece en una escena que parece que Eduardo Mendoza reutiliza en La verdad sobre el caso Savolta (1975). En este ambiente el ritmo de la novela se interrumpe justo cuando un Anguix se juega a las cartas toda su hacienda y la pierda, lo que lleva a la ruptura familiar y al rumor. Ese episodio de pérdida de la casa fue un hecho real de la Alcalá de Henares de entonces, y tocó de cerca a los Azaña.
 
Azaña usa aquí un estilo muy pesado y duro, casi sin párrafos aparte. Puede haber varias páginas seguidas sin punto y aparte. Hay frases muy enrevesadas con un lenguaje altamente culto, a veces rescatando palabras antiguas incluso para el comienzo del siglo XX. No es una lectura fácil, implica atención extrema, conocimientos diversos, y un vocabulario muy amplio y muy rico. Muy extremadamente rico. Pero la mayor dificultad está en los giros de las frases, incluso de los párrafos, para decir algunas de sus ideas. Comparado con las notas de versiones alternativas descartadas por Azaña, en esas primeras versiones todo queda más claro y comprensible, por lo que este barroquismo es buscado claramente. 

Fuera de esto, lugares como el Monte Zulema (o Gurugú), la Puerta del Vado, el Chorrillo, el río Henares, el Val, la Plaza de la Victoria y su hospital militar lleno de soldados incapacitados por las guerras carlistas (hoy Facultad de Ciencias Económicas), el casino de la Plaza de Cervantes y otros sitios aparecen en la novela, incluida la estación de tren y las iglesias bien descritas. Lo que le ocurre a Azaña es que se decanta por las zonas desfavorecidas y las hace protagonistas junto a sus gentes. El matadero (hoy casas regionales), la Ronda de la Pescadería... En los siglos XVI y XVII, parte del XVIII, la zona de la Puerta del Vado, y aquellos lugares que iba a ella, eran lugares donde algunas casas nobiliarias desearon instalarse por apacibles y buenos lugares. Fue a mediados del siglo XIX, con la llegada del ferrocarril que la gente de la época, como los Azaña, vieron como la zona cambió. Muchas de las familias acaudaladas prefirieron mudarse hacia la estación de tren, donde estar más cerca de sus nuevos negocios. Quedando esta otra zona más propia para los agricultores y ganaderos, por ser mejores para ir al río y a los montes, y al matadero y la calle de las vaquerías. Pero a la vez se llenó de prostíbulos (cosa que ya ocurría en el siglo XVI en grandes casas) y de gente de mal vivir, con peleas y borracheras incluidas, así como familias que vivían en extrema pobreza. Algunas de esas personas reales las transforma en personajes de su novela, pero fueron personas reales que han sido avalados, como algunos borrachos pendencieros, algunas prostitutas y algunas personas muy humildes. No obstante, con la reforma agraria de 1933 Azaña llegó a declarar que de todos los políticos que hablaron el día de su aprobación él era el único que habló con propiedad, pues había sido agricultor... Y era cierto, su familia tenía ese negocio también y, aunque no es donde más trabajó, trabajó de ello, aunque como capataz. Conocía el campo y su gente. Y en Alcalá muchos de sus amigos eran gente común. 
 
Azaña se pone de parte del desfavorecido en la novela y demuestra conocer en profundidad esa Alcalá de Henares más social y menos histórica, menos pomposa.  

Novela incompleta, pero que se puede leer casi completa. Intuimos el posible final y nos quedamos con las ganas de saberlo. Pero se lee como si estuviera completa, como si fuera un final abierto, y es verdad, se puede entender una novela de final abierto. Pero no se esquiva que es una novela con un lenguaje altamente rico en léxico y altamente complejo en sintaxis por sus muchas e inacabables perífrasis. se podría comparar en parte a alguna obra del exilio de Max Aub, pero Azaña es en esta novela aún más complejo. Y aún así, es una interesante novela por sí misma e interesante novela por todo lo que nos arroja de Alcalá de Henares, una Alcalá oculta de la que casi no se ha dicho nada... si acaso algo rozó Julián Vadillo en su tesis doctoral El movimiento obrero en Alcalá de Henares, 1868-1939 (2014). Azaña va más lejos, nos da los entresijos de una sociedad cerrada, de clases y de lumpen, con sus rumores y con su herida abierta de las dos Españas de carlistas y liberales que han visto aparecer a los republicanos y deciden turnarse el gobierno... pero al fin y al cabo, dos Españas. Aún así, no es una novela política, en absoluto. Tiene más de novela social que de novela política. Tiene mucho de novela de retrato de la vida en una pequeña ciudad. No en las grandes capitales, ni en el mundo rural. Azaña apuesta por la vida en la pequeña urbe. Como Delibes haría décadas después en alguna de sus novelas.

Reseña escrita por Daniel L.-Serrano "Canichu".

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